Te conocí en un quirófano de un hospital de estética moderna. Recuerdo tus manos en mi frente y tu voz susurrando que todo iría bien. Después oscuridad y luego el despertar, ese olor penetrante.
Cada mañana me visitabas. Cogías mi muñeca y me tomabas el pulso, luego me desabrochabas la camisa y me palpabas el vientre; mi pecho subía y bajaba y yo confiaba en que no notaras mi agitación. No eras más que un niño, me sentía culpable al rememorar las yemas de tus dedos presionando mi piel y despertaba con un sobresalto anhelando que el tiempo volara hasta tu próxima visita.
En este paseo donde solía descansar después de cada sesión, leo la carta del hospital. Te trasladan a otra ciudad. Tu maleta está llena de un puñado de fantasías insatisfechas, pero tú nunca lo sabrás.
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