miércoles, junio 24 2026

LA VUELTA DE OASIS ES UNA BUENA NOTICIA INCLUSO PARA USTED, QUE NUNCA LOS ESCUCHÓ by Lucas Corso

Que vuelva Oasis es, para mucha gente entre la que me incluyo, una gran noticia. Y lo es por muchos motivos, además del musical. Noel Gallagher, el mayor de los dos hermanos y cabeza pensante detrás de la banda, decía en una entrevista que hoy en día las bandas de rock’n’roll no pueden dominar la música mainstream tal y como lo hicieron en los años noventa por una sencilla razón: son incómodas. La industria no quiere que el mainstream lo dominen bandas que se drogan y beben un martes, decía.

Prefieren a alguien como Harry Styles, a quien pueden decirle “Lleva este traje, canta eso y cállate”.

Y no le faltaba ni una pizca de razón. Tanto es así que el retorno de Oasis ha supuesto una alegría para millones de personas y una catástrofe para otras tantas.

Si algo caracterizó los años noventa fue la expansión sin límites del lenguaje creativo. La música, el cine, la literatura o los videojuegos rompieron todos los esquemas que pudieran quedar a su alrededor, y todo aquello desembocó en una década repleta de una creatividad muy particular. No es nada difícil escuchar una canción o ver una película que no se había visto antes y decir Eso es muy noventero, y acertar. Había una característica que lo empapaba prácticamente todo: la irreverencia. Todo valía, todo era posible y rara vez algo no funcionaba para alguien, por loco que fuese. Todo eso hace que hoy se vean aquellos años como los últimos en los que se gozó de verdadera libertad, un tiempo en el que cualquiera podía decir o expresarse creativamente de la manera que se quisiese sin que pasara nada. Hoy parece que, con las cancelaciones mediáticas, gran parte de esa libertad se haya perdido. Pero lo que en realidad diferencia aquellos años de estos no es la falta de libertad que haya hoy, que no la hay, sino la falta de miedo que había entonces.

Hoy, el miedo a ser cancelado lo domina prácticamente todo. Pocos creadores se atreven a salirse del discurso oficial por ese miedo a ser apartado, o a la crítica feroz o la incomprensión. Todo tiene que ser amable, suave, ameno e inocuo. Nada debe cuestionar las creencias aceptadas, mucho menos rebatirlas.

Lo establecido y aceptado por todos, aun siendo bajo coacción, es la norma. Más allá de eso están los parias. Y parte de esa culpa parece tenerlo algo que tampoco existía años atrás: las redes sociales. Mediante ellas, la respuesta de la gente es inmediata y tan cercana que uno puede oler la alegría o el asco que pueda despertar en los demás. Dirán algunos que esa es la ventaja que se tenía antes, se vivía en una especie de burbuja en la que cada cual era ajeno a lo que su pensamiento o sus formas despertaban en los demás. No obstante, existen dos errores graves en esa afirmación.

El primero de ellos es fácil de comprender cuando uno atiende a cómo era la prensa escrita o televisada en aquellos años. Así como el arte no tenía corsés, el periodismo o la crítica especializada tampoco los tenían. Desde un diario o un noticiario se podía ser brutal, y las mismas persecuciones que se puedan ver hoy en las redes sociales se podían recibir desde múltiples periódicos o cadenas de televisión, públicas y privadas, en aquellos años. Y sin embargo, a aquella gente le seguía dando igual, lo cual explica el segundo error. Artistas como los hermanos Gallagher han seguido siendo igual de irreverentes y malcarados hoy, independientemente de las redes sociales. Les ha dado igual el odio o el desprecio que recibiesen porque siempre se han sentido por encima de eso.

Eso siempre ha sido demasiado incómodo para todos los que desean que nada ni nadie destaque por encima de los demás ni se salga del camino marcado. No gusta que alguien de renombre haga ostentación de una actitud indiferente y hasta desafiante contra los agentes del miedo. Por separado, este par de hermanos no hacían tanto ruido como cuando estaban juntos, y es por eso que ahora, después de quince años distanciados, su reunión de nuevo bajo el nombre de Oasis significa un amplificador enorme no sólo para sus canciones, sino también para una forma de pensar que va más allá de las ideas. Una forma de pensar que se centra en vivir la vida sin miedo. Sin miedo a ofender, sin miedo a equivocarse, sin miedo a crear. Sin miedo a la mayoría, por grande que sea, y sin miedo por ser fiel a un estilo y una actitud vital, por alejada de lo comúnmente aceptada que esté. No parece gustar que se recuerde precisamente eso: que lo que marca la diferencia entre aquellos años noventa y estos no es la falta de libertad, sino la falta de miedo.


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