Queremos atención y reconocimiento, queremos que nos vean y que nos pregunten. Sin embargo, cada uno de nosotros está la mayor parte del tiempo encerrado en sí mismo, absorbido en sus problemas y en sus pensamientos. De este modo, la demanda de atención y reconocimiento excede ampliamente a la oferta.
En semejante situación, todos tenemos motivos para estar insatisfechos, para creer que se nos debe algo. El problema se agrava si tenemos en cuenta que existen formas devaluadas de la atención, ya sea irónicas o meramente verbales. Los demás pueden prestarnos atención y al mismo tiempo retener el sentido de su atención. Hacernos ver no necesariamente es hacernos valorar.
Cabe admitir, entonces, la posibilidad de que estemos incluso más solos de lo que pensamos. Sin embargo, nada de esto justifica la desesperación, ya que todo el problema surge del error inicial de creer que el reconocimiento abunda, cuando en realidad es muy escaso. Aceptar esto nos permitirá tener una medida más razonable de lo que se nos debe y una mejor valoración de lo que nos toca.
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