Silvina en los bosques, Silvina más allá del oro de las ciudades y la lupa literaria de Bioy — el marido— y Borges —el amigo—, Silvina por encima de bucles de lana añosa y relojes desguarnecidos, Silvina silbando, como el viento y la sombra, Silvina, ¿dónde estás?

Dos meditabundos, peinados hacia atrás, la buscan. Están entretenidos (y entretejidos) por un diálogo lento, sobre libros y detectives.
—No la hallaremos aquí, Jorge Luis, demasiada la claridad…
Preguntan a jardineros que tienen la mano enterrada, a punto de producirse como raíz, preguntan a automóviles que proceden de mujeres amadas.
—No la hallaremos, Adolfo, es rosa sin espinas y pájaro sin nido, ¡cualquiera sabe su vuelo y su luz!
De repente, Borges, como si fuera un sabueso ultraísta, buscando la taza etérea de su alimento, encuentra un rastro de almizcle y yerbabuena. Anima a Bioy a desenterrar la arena bajo los abedules.
—Es su olor, pero no es.
—Es su esencia, entonces.
Siguen en el desentierro, solo detenidos por los hachazos de la luna, hasta que dan con algo que no es un hueso. Carne de látex y de sueño, sedas que simulan un vestido de niña o de mujer, afeites oscuros que sugieren el sexo o la muerte. Emergen los rizos rubios, enredándose en los árboles y en el lodo. La muñeca crece. Ya es más alta que los dos literatos y sus sombras. Sus ojos de postizas pestañas son ya el cielo endurecido de los dos, astros de un vidrio acuoso y desalmado, y las copas arbóreas son súbditas de su misterio jugueteante, vivo como un temor.
— ¡Es ella, la muñeca es Silvina!
Gritan los dos, descamisados, mientras los ojos, las manos, los brazos, las piernas de Silvina empiezan a dibujarse, allá arriba, como los de una mujer.
Silvina Ocampo (1903-1993) es la escritora de un cuerpo de cuentos que transcurren, como dice una admiradora Mariana Enriquez, en un mundo con otras reglas. Devoradora de literatura en francés, inglés o italiano (lenguas que conocía desde la infancia), es casi más frecuentadora del arte, por ejemplo del universo surrealista de De Chirico, que es el aire que se respira en sus narraciones. Como en la troquelación de arriba, su figura se agiganta en la actualidad, gracias a una nueva sensibilidad lectora, como ocurre con la de otras narradoras de similar estilo (por ejemplo, Shirley Jackson), ese donde lo horrible imita a lo hermoso, en palabras de la propia Silvina. Esta prosa que la presenta se hace con jirones de Pecado mortal, Sábanas de tierra o El automóvil, cuentos que la hacen única. Avezada escritora en equipo, escribió novela con su marido (Los que aman, odian), teatro con Juan Rodolfo Wilcock (Los traidores) y la Antología de la literatura fantástica, con Borges y el propio Bioy.
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