sábado, julio 4 2026

La fuerza del amor por Maripau González Bodeguero

Aún a sabiendas de que no había lugar para su regreso (con esa fidelidad a la vida, con sus aves y paisajes de un ayer imposible de recuperar) un algo mágico hizo factible lo inviable. Una tarde de febrero se presentó en el dormitorio donde Amanda hacía su siesta. Como otras tardes. Ella descansaba entre vapores de eucalipto, y varios pañuelos (impregnados de espliego) decoraban todos los rincones del cuarto. El aroma familiar le traía muchos recuerdos. Se sentó en la mecedora de mimbre donde tantas horas pasara, cuando estaba vivo, leyéndole Rayuela. Tomó el libro, que ya no leería, porque había venido a contemplarla (aunque no sabía si ella podría escuchar su lectura). Miraba su dormir agitado y sus denodados intentos de vencer un asma tan caprichosa como tenaz.

Amanda dormía entre suaves estridores, soñando su propia muerte. Vestía, en el sueño, un camisón con ribetes de encaje en puños y cuello, y su cabello lucía trenzado a ambos lados de la cara (un peinado que nunca usaría). En el sueño, miraba la mecedora, que ocupara Alfonso, con su eterno batín canela y sus ojos verdes enmarcados en las gafas de pasta. Él hacía como que leía el libro, que tantas veces recitara en voz alta, para calmar su respiración agitada y su corazón al galope. Ella había defendido la vida hasta que él la llamara, para descansar por siempre en la paz del respirar profundo y sosegado de un amor eterno. Y es que solo Alfonso podría ofrecerle un amor sin fisuras, incluso,
hasta un poco más allá de la muerte.

Alfonso tomaba de la mano a su Amanda, el amor de toda su vida, para no perderla de nuevo, en ningún pliegue del más allá. Tenía miedo a que cualquier tarde se quedara dormida en algún rincón del duermevela de cada día, si la lectura en su voz se apagaba, dejándola sin coordenadas para regresar a la vida. Se fueron por la ventana, pero nadie los vio. La cuidadora la encontró muerta aquel atardecer, con una cara de felicidad difícil de interpretar. Creyó ver la mecedora en un leve movimiento, al que no dio importancia ante la sospecha del deceso anunciado. Sin saber por qué, le
colocó un camisón que había pertenecido a la madre y le sujetó el cabello en dos trenzas enmarcando el rostro.

Un libro abierto dormía en la mecedora de mimbre, como siempre, mientras un sol en retirada iluminaba el cuarto. En el aire quedaba suspendido el olor a Vick Vaporub y un levísimo aroma a lavanda, como el que solía usar ese Alfonso que la esperó diez años, tres meses y quince días al otro lado del amor.

@Maripau González Bodeguero

@Imagen Pinterest


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