miércoles, junio 24 2026

ÓSTRACO. DESDE LA AZOTEA by Anabel García

Las vistas desde la azotea del edificio son fantásticas. Entre el arbolado de las antenas parabólicas, las diferentes inclinaciones de los tejados, las carcasas que ocultan el entramado de los aires acondicionados y los vuelos rampantes de los gorriones, urracas y palomas hacen que el horizonte se funda, y salude, con la luz difuminada de la mañana.

La noche es otra cosa, la visión se transforma en un torrente sanguíneo iluminado. Una especie de abeto de navidad encendido que se ha desparramado y parpadea sin parar. Las estrellas se ven poco, la mayor parte se han caído del cielo, y como lámparas, algunas se ven en una y otra ventana o en los ojos naranjas de las farolas. En cambio, el fundido en negro rodea la mole del centro médico, de las tiendas del barrio cerradas a esas horas, del cuarto de la azotea, que oculta el juego de poleas del ascensor, y que, desde hace más de un año, se ha convertido en el hogar de Emilio.

Al principio lo pasó mal. Sobre todo por la impresión inicial y el absurdo de la situación que le había llevado a estar allí recluido. Jamás lo hubiera imaginado cuando todos estaban en contra del presidente, el propietario del segundo B. Se suponía que era el claro enemigo. Todos tenían quejas contra él, no sólo porque fuera un prepotente, sino porque en las reuniones de la comunidad simplemente protestaba y hacía gala de su ineptitud escurriendo responsabilidades. No atendía a las llamadas de los demás vecinos, por no hablar de la indiferencia que mostró por la derrama que tuvieron que pagar entre todos cuando no hizo caso a las recomendaciones del gestor por la subvención de la fachada. Una larga lista de desencuentros que lo convertían en el malhechor y antipático.

Así que Emilio activamente promovió el levantamiento de toda la comunidad. Los animó a dejar las quejas de corrillos, y en voz baja, a un golpe definitivo que quitará de en medio a ese imbécil. Tenían tantas razones, pruebas, malestar acumulado que hasta se había propuesto él como presidente para asegurar un substituto. ¿Quién quiere ocuparse de esos problemas? Nadie, era cuestión de una obligación entre las plantas y puertas del edificio, pero la desfachatez del «bigotitos» del segundo había sido demasiada.

Propuso un escrito oficial, que se redactó una tarde en el cuartito en el que ahora dormía, con la música taladradora del ascensor de fondo, melodía de bajadas y subidas. Y de casa de en casa se paseó hasta que firmaron todos, excepto el susodicho.

 De cada piso fue un representante, quitando a Valentín y su tortuga centenaria que las alturas más allá del bajo le suponían un problema insalvable, para presentarse como una piña vecinal ante el odioso presidente. Llamaron a su puerta, le leyeron el comunicado y el motín quedó inaugurado ante la sorpresa del propietario del segundo B. Pero el asunto no se quedó ahí, echarle de su puesto no era suficiente, el daño moral y en los bolsillos de la comunidad exigía un castigo ejemplar. Así entre voces, unas manos levantadass, y un guirigay, diverso y disperso, se acabó proponiendo la condena del ostracismo con previa votación vecinal.

«Cosas de griegos y como ahora somos más modernos usaremos trocitos de papel en vez de una vasija. El próximo lunes 20:00h primera convocatoria y a las 20:30 la segunda. Sed puntuales».  La voz de Chelita, con sus dos novietes actuales como guardaespaldas, sentencieron la novedad inesperada.

El resultado ya lo sabemos. El bullicio que se fue montando a medida que se iban leyendo los nombres impidió el orden o cualquier reclamación. Emilio no salía de su asombro cada vez que leían en voz alta el suyo.

«A ver… ¿Sabéis qué estamos eligiendo?»

Pero fue imposible hacerse entender. Valentín quiso incluso repartir unos golpes con su bastón y las gemelas del tercero peleaban entre ellas.

El bigotitos, que por supuesto contó y participó con el derecho de su voto, se apoyó contra los buzones del rellano a disfrutar del espectáculo.

Fuere lo que fuere el sumatorio fue el siguiente: 6 votos para Emilio, 2 para el Bigotitos, un voto contra la tortuga de Valentín y el último para Chelita.

Así Emilio quedó condenado al ostracismo por diez años. Las leyes son las leyes después de todo. «¿Y a dónde?» No se habían planteado demasiado el modus operandi una vez confirmada la sentencia popular.

Y entre el mismo caos que ya reinaba, y un Emilio enfurecido, y encerrado durante unas horas en el ascensor bloqueado, acabó saliendo la palabra azotea.

Así el destino durante los próximos años de Emilio quedó definitivamente decidido.

Así que como se dijo, los primeros meses no fueron fáciles. S ánimo unificador se volvió brevemente separatista y destructor, estropeando a propósito el ascensor y complicando el acceso al técnico. Luego tirando pinzas de la ropa desde su altura de aislamiento hasta que su espíritu se fue calmando. Ya no formaba parte de sus problemas y sus chácharas insustanciales. ¿Qué la luz de garaje no funcionaba? ¿Qué Valentín llevaba dos meses sin pagar la cuota? ¿Qué las gemelas subían demasiado el volumen por la noche? ¿Qué el Bigotitos insultaba al cartero? No eran asunto suyo. La comunidad nada tenía que ver con su nuevo mundo.

Además, ahora Emilio encuentra placer en la contemplación. Reconoce por los ruidos quién sale y entra en el edificio sin tener que asomarse. Pone nombre al tiempo y las estaciones según la posición del sol y la luna. Y Marina le saluda con la mano cuando saca el cubo de la basura. ¿Quién se lo iba a decir? Hasta tiene varios poemas en su cabeza y con los años que aún le quedan sabe que título pondrá a su colección de versos: Desde la azotea.

Anabel 2Nov24.


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo