sábado, julio 18 2026

FERIAS DEL LIBRO: DE LA LITERATURA AL SELFIE CON AUTOR por Emecé Condado

Hay algo enternecedor —y profundamente contradictorio— en las grandes ferias del libro. Ese desfile anual de toldos, bolígrafos promocionales, bolsas de papel kraft y escritores en tránsito, donde lo literario se entrelaza con lo turístico, lo editorial con lo electoral, y la pasión por las letras con la fiebre por el postureo.

Yo tengo con estas ferias una relación a medio camino entre el romance tóxico y la atracción fatal. Por un lado, me fascina esa exaltación pública de la lectura, ese oasis cultural que, durante unos días, parece contradecir la sospecha de que los libros interesan solo a los cuatro de siempre. Por otro, me repele ese tufillo a escaparate, a mercadillo de egos, a performance mal entendida donde lo que menos importa, paradójicamente, es el libro.

Empecemos por lo bueno. Las ferias del libro sacan la literatura a la calle. Literalmente. La despojan de solemnidad y la ponen al alcance de paseantes, turistas despistados y lectores impenitentes. Se celebran firmas, se descubren pequeñas editoriales que publican cosas valientes —esas que no salen en los suplementos pero hacen temblar las costuras del alma—, y a veces, solo a veces, alguien se topa con el libro que le cambia la vida mientras esperaba cola para un gofre belga.

También hay algo hermoso, casi heroico, en ese cuerpo a cuerpo autor-lector: la firma, el guiño cómplice, la dedicatoria absurda que uno releerá años después sin saber si fue afecto o fórmula industrial. Y, sobre todo, hay editoras, libreros y escritores que se dejan las pestañas, la espalda y los pies en el intento de vender una historia a quien ya ni tiempo tiene para leer la suya.

Pero las grandes ferias del libro corren el riesgo de convertirse en parques temáticos de la lectura. Pasarelas de autores mediáticos que firman sin leer lo que publican, donde el algoritmo sustituye al criterio editorial y el libro, ese objeto sagrado, se convierte en souvenir. Como si la cultura tuviera que disfrazarse de TikTok para merecer un hueco. Como si leer tuviera que ir acompañado de sorteo, foto y hashtag para parecer relevante.

¿Y qué decir de los autores? Algunos van como si hubieran sido arrastrados por los pelos; otros, como si esperaran encontrar allí el contrato editorial que les saque del Excel. Muchos firman más libros de los que venden, algunos incluso desarrollan una técnica de sonrisa congelada digna de estudio anatómico. Y no son pocos los que terminan el día con una contractura cervical, una ampolla en el dedo corazón y la amarga sospecha de que escribir era más bonito cuando nadie te pedía que lo vendieras a golpe de story.

En esas ferias, los grandes grupos editoriales montan sus cuarteles como quien despliega fruta en un hipermercado: novedades por toneladas, autores en serie, cartelería fosforescente y esa voz de megafonía que te recuerda que todo, incluso la literatura, puede convertirse en espectáculo. Mientras tanto, las editoriales pequeñas aguantan como pueden, estoicas, en sus casetas sin filtro de Instagram. Y entre medias, los lectoras —sí, la mayoría siguen siendo mujeres, pero no vamos a hacer sociología ahora— recorren pasillos con mirada afilada, buscando no solo una historia, sino una voz que les saque del monólogo interior, al menos un rato.

Y sin embargo, ahí estamos. Ahí sigo. Porque a pesar del ruido, algo me empuja a volver. Será el olor a papel recién impreso, será la posibilidad de encontrar una joya entre tanto cartón. Será que, como los amores de verano, las grandes ferias del libro tienen ese punto de exceso, de fugacidad, de
promesa no cumplida que tanto alimenta la nostalgia.

Así que sí: seguiré yendo. Con mi cuaderno de notas, mi sarcasmo de serie y mis ganas intactas de descubrir una historia que me desmonte. Aunque para eso haya que sortear colas, ruido y algún que otro autor con community manager incorporado.

Porque si algo me han enseñado los libros —y las ferias donde se venden— es que, aunque duelan los pies y se caiga el alma, siempre vale la pena abrir otra página.

@Emecé Condado


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