BORIS PASTERNAK Y LA AVENTURA DE “EL DOCTOR ZHIVAGO”
Por Francisco R. Pastoriza (blog)
A finales del otoño de 1956 un avión que cubría el trayecto de Roma a Milán cambió su rumbo por causas “técnicas” y aterrizó en la isla de Malta. Unos hombres entraron en el compartimento de equipajes y de una maleta extrajeron un grueso manuscrito que llevaron a una habitación aislada del aeropuerto. Los pasajeros fueron conducidos a una sala de espera y al cabo de dos horas regresaron al avión, que prosiguió su vuelo. Durante este tiempo el manuscrito fue fotografiado página a página y devuelto de nuevo a la maleta. Se trataba del original en ruso de “El doctor Zhivago”, la novela de Boris Pasternak. Debido a la fuerte crítica que la obra suponía para el sistema político de la Unión Soviética, en Occidente se pensaba que la concesión del Premio Nobel a Pasternak constituiría un elemento más de la lucha contra el comunismo, teniendo en cuenta, además, que Pasternak, propuesto ya para el Nobel en varias ocasiones, estaba sufriendo una situación de aislamiento en gran parte por haber escrito esta obra. No se publicaban sus escritos, su correspondencia estaba bloqueada, había sido expulsado de la Unión de Escritores, se pidió al Soviet Supremo que se le retirase la ciudadanía y “El doctor Zhivago” era calificada por el gobierno ruso como “una sucia mancha sobre el fondo de nuestra patria socialista”.
Boris Pasternak escribió “El doctor Zhivago” temiendo que la policía soviética le requisase el manuscrito en cualquier momento. Era consciente de estar escribiendo un texto explosivo que jamás iba a ser editado en su país, pero también de que aquellas páginas constituían su mejor obra literaria en prosa. Tardó diez años en terminarla. Antes que en ruso se editó en italiano, gracias a que el escritor pudo pasar clandestinamente un manuscrito de la novela al editor comunista Giangiacomo Feltrinelli, que por culpa de esta publicación fue obligado a abandonar el partido. De este modo pudo publicarse una primera edición en ruso por la editorial Mutón, de La Haya. La Academia sueca le concedió a Pasternak el Nobel en 1958. Las reacciones en la Unión Soviética contra su persona y contra toda su familia y su obra anterior, elogiada hasta entonces por todas las instancias del régimen, fueron tan violentas que obligaron al escritor a rechazar el galardón (le fue restituido en 1989). “Lo único de lo que no me arrepiento en modo alguno es de haber escrito mi novela. He escrito aquello que pienso, y hasta el día de hoy sigo pensando lo mismo”, escribió Pasternak en una carta a las autoridades en respuesta al rechazo a su obra. En Rusia no se publicó hasta 1998.
Se tenía la convicción de que para que le concediesen el Nobel a Pasternak por toda su obra la novela iba a ser un elemento decisivo, ya que quienes habían tenido la oportunidad de leerla consideraban que se trataba de una obra maestra. Se pensaba también que la concesión del premio sería muy difícil si no había una edición de “El doctor Zhivago” en ruso, el idioma original en el que había sido escrita. Como en su país de origen no había sido publicada ni iba a serlo (a pesar de la apertura puesta en práctica por Kruschev), dados los contenidos críticos de la obra con el régimen de la Unión Soviética había que conseguir una copia del original para publicar una versión en ruso fuera del país. Esa copia era la que viajaba en el avión que hizo escala en Malta. Fue por eso por lo que la CIA, la agencia de inteligencia norteamericana, ideó la operación de la escala del avión que llevaba el original de la obra para publicar una versión en ruso y aumentar así las posibilidades de la concesión del Nobel a Pasternak. La editorial holandesa Mouton publicó una edición pirata, pagada por la CIA, de la versión del avión de Malta. La operación no se detuvo en este episodio sino que, una vez publicada la novela, había que promover su lectura entre los rusos. En la Exposición Universal de Bruselas de 1958 “El doctor Zhivago” se vendía en el pabellón del Vaticano, no por las ideas religiosas de la obra sino porque enfrente estaba el pabellón soviético, al que los turistas rusos acudían en masa y a quienes a la salida les era entregado gratuitamente un ejemplar de la novela.
Boris Leonídovich Pasternak (1890-1960), hijo de una familia de artistas formada en la cultura europea (una tradición mantenida en Rusia hasta la llegada del bolchevismo) abrazó la revolución y la legitimó hasta que fue consciente de que se había convertido en una sangrienta caricatura, que llevó al suicidio a poetas como Vladimir Maiakovski y Serguéi Esenin, y a los campos de concentración a escritores y artistas como Isaak Babel, Ósip Mandelstam y Meyerhold. Considerado por el sistema como uno de los grandes poetas del siglo XX, la frustración le llevó a escribir “El doctor Zhivago” para denunciar la deriva de la revolución secuestrada por el estalinismo: “Esta es mi primera auténtica obra. En ella quiero ofrecer una imagen histórica de la Rusia de los últimos 45 años”. Ante la imposibilidad de publicar la novela en Rusia, Pasternak quiso hacer llegar el manuscrito a occidente al editor Giangiacomo Feltrinelli, militante del Partido Comunista Italiano. Lo hizo por mediación de uno de sus hombres de confianza, Sergio D’Angelo. Cuando le entregó el manuscrito, Pasternak le dijo: “Aquí tiene ‘El doctor Zhivago’. Que lo vea el mundo. Ahora queda usted invitado a mi ejecución”. Otro ejemplar del manuscrito lo hizo llegar a su editora francesa Jacqueline de Proyart, y un tercero a Isaiah Berlin. El Kremlin presionó a Feltrinelli para que no publicase la novela en italiano pero el editor hizo prevalecer su profesionalidad porque pensaba que había que demostrar a la sociedad occidental que el comunismo aún podía sorprender al mundo. Fue expulsado del partido cuando la novela se publicó en noviembre de 1957. El éxito de “El doctor Zhivago” hizo que se publicase de inmediato en Francia, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos. En 1958 la Academia sueca concedió el Nobel de Literatura a Boris Pasternak “por méritos excepcionales en la poesía lírica moderna y por la continuidad de la tradición de la gran novela rusa” (en 2009 el diario madrileño “ABC” reveló que en el comité del Nobel había entonces un hombre de la CIA: el secretario general de la ONU Dag Hammarskjöld). El resto es conocido: las reacciones en la Unión Soviética contra su persona y contra toda su familia y su obra anterior, elogiada hasta entonces por todas las instancias del régimen, fueron tan violentas que obligaron al escritor a rechazar el galardón. Las autoridades le habían prometido además rehabilitar su figura en la Unión Soviética si lo hacía. Fue engañado: ni se rehabilitó su figura ni se cumplieron otras promesas. El Nobel le fue restituido en 1989 aunque en Rusia “El doctor Zhivago” no se publicó hasta 1998.
El comité del Nobel siempre negó que la publicación en ruso de la novela hubiera contribuido a la concesión del premio. De hecho, entre los requisitos no figura esta obligación, entre otras cosas porque a nadie se le ocurrió pensar que algún día hubiera de concederse el Nobel de Literatura a una obra que no estuviese publicada en su idioma original.
Pasternak murió el 30 de mayo de 1960, hoy hace 65 años.
UNA OBRA MAESTRA
Una mañana de finales de agosto, una mujer madura, de figura aún atractiva, camina apresuradamente por las calles de Moscú, la ciudad en la que pasó parte de su infancia, antes de la revolución bolchevique. Ha vuelto por unos días, desde la lejana Vladivostok, en el extremo oriente ruso, para solucionar algunos problemas pendientes. Luego planea marcharse para siempre. Antes quiere hacer una última visita a aquella vieja casa de la calle Kamerguerski, en la parte vieja de la ciudad, donde vivía el niño que años más tarde sería su marido. Una casa en la que pasó algunos de los momentos más felices de su vida. Después de subir las escaleras, que conservaban el mismo aspecto después de tantos años, accedió a una habitación en la que un discreto número de personas rodeaba un féretro. Cuando se acercó al ataúd descubrió, entre la sorpresa y el espanto, que el muerto a quien velaban era su amante, el verdadero amor de su vida, a quien había buscado desesperadamente durante años y que había muerto aquella misma mañana (“Se amaron porque así lo quiso todo cuanto los rodeaba: la tierra a sus pies, el cielo sobre sus cabezas, las nubes y los árboles”). El destino le jugaba a Larisa Fiódorovna, Lara, la última partida.
El destino es uno de los elementos literarios que tejen la gran novela de Boris Pasternak Doctor Zhivago. Personajes, situaciones, escenarios, decisiones, actitudes… se entrelazan e interactúan a través del destino, ese extraño fenómeno que dirige las vidas de las personas.
El destino y también la casualidad. Al comienzo de la novela, el expreso de Sizran, un tren amarillo y azul que circula a lo largo del río, se detiene inesperadamente a causa del suicidio de un pasajero. En la orilla opuesta contempla la escena Nikolai, hermano de Yuri Andréyevich el futuro doctor Zhivago, sin sospechar que el suicida era su propio padre. El abogado Komarovski, que se va a cruzar varias veces en la vida de Zhivago, había sido el inductor del suicidio.
En una gélida noche de invierno, los jóvenes Yuri Andréyevich y su prometida Tonia Ivanovna, acuden a la fiesta del árbol de navidad de los Svientitski, en la que también participa Komarovski como invitado. En el camino Yuri advierte la luz de una vela encendida al otro lado de la ventana de una vieja vivienda. A su alrededor se movían las sombras de otras dos personas. Eran Larisa Fiódorovna, Lara, y su novio Pável Antípov, que preparaban un atentado contra Komarovski. Querían vengarse de quien había abusado sexualmente de Lara cuando era sólo una adolescente. Los cuatro jóvenes (el destino había relacionado a Komarovski con dos de ellos) coinciden en la fiesta. Lara dispara su revólver contra el abogado. Mientras, moría en su casa Anna Ivanovna, madre de Tonia, ante cuyo cuerpo enfermo ésta y Yuri habían jurado casarse (“desde aquella pequeña llama vista desde el exterior la predestinación había entrado en su vida”).
La Predestinación. En dos ocasiones más se van a cruzar las vidas de Pável Antipov y Yuri Andréyevich. La primera en el vagón de un tren de mercancías estacionado en un paraje nevado de la estepa rusa, en el que Antípov, que había adoptado el nombre de guerra de Strélnikov, había instalado su oficina de alto mando del bolchevismo. El doctor Zhivago acababa de fugarse de la guerrilla de partisanos revolucionarios que le habían mantenido prisionero dieciocho meses. Strélnikov le perdonó la vida. El destino volvió a reunirlos por última vez en la casa de campo en las afueras de Varikino, escenario de los días más felices y apasionados de la agitada existencia de Lara. Fue aquí donde se decidió el futuro de todos ellos.
La trama de “El doctor Zhivago” se desarrolla durante los años de la guerra civil y la revolución bolchevique de 1917. La esperanza con la que una gran parte de la sociedad rusa recibió la caída del régimen zarista (el propio Pasternak escribió “Mi hermana la vida” entusiasmado por el advenimiento del nuevo régimen) se vio pronto defraudada por la deriva burocrática y represiva que los nuevos dirigentes impusieron a la sociedad rusa. Algunos de los revolucionarios que habían conocido los presidios del viejo régimen inauguraban ahora los de los nuevos tiempos del estado revolucionario. Boris Pasternak ha tratado de reflejar esta gigantesca decepción de la sociedad rusa desde la órbita de unos personajes atrapados en una revolución en la que al poco tiempo casi nadie creía. Sus personajes denuncian la falsedad de un sistema que quiere imponerse a través de la propaganda y la mentira: “¿de qué pan hablan si hace tiempo que no se cosecha trigo?, ¿de qué clases acomodadas, de qué especuladores, si los aniquilaron hace tiempo, de qué campesinos, de qué pueblos, si ya no existen?”,dice uno de los protagonistas. Desde la visión de estos personajes Pasternak denuncia un sistema que entiende por ideas únicamente su apariencia, la floritura verbal que acompaña al enaltecimiento de la revolución y de los poderes constituidos. Sus dirigentes, en palabras de Lara, son piedras, no personas. Principios, disciplina.
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