viernes, mayo 8 2026

Carta 10: Franz Kafka by Félix Molina

–¿Qué es eso?

Un tren. Al este de Europa. En él viaja Ottla Kafka, la hermana de Franz, con la vista nublada, indispuesta, apenas reposando la mirada en la porción de paisaje que deja ver una ventana horadada en la madera del vagón. El campo. La fachada de otra estación. Una columna de humo.

–¿Pero me estás hablando de Kafka o de su hermana?

Ottla Kafka penetró en la habitación de su hermano, en su ausencia, en la anochecida praguense de 1922. Le gustaba hablar con él de sus escritos y continuarlos, aunque fuera mentalmente. También le gustaba su caligrafía, de hormigas devastadas, nerviosas, inquietas. Jugaba a imitarla y a dejarla escrita por sitios ocultos de la habitación del hermano, confundiéndola con la de él. Entre los meses de enero y marzo de ese año había concluido unos cuantos relatos suyos y varias cartas. Él, al verlos completados, achacó el olvido de su escritura a la fatiga. Ottla tenía una sonrisa tan hermosa como su imaginación.

–Disculpa, te he entretenido,  ¿a dónde le llevaba ese tren?

Al iniciarse el mes de octubre de 1943, Ottla Kafka se presentó en el sórdido despacho del Obersturmführer Burger, al mando de Terezín, que le ofreció galletitas y un destino seguro para ella, 52 compañeros y 1.260 niños que les acompañarían. Ottla tembló al escuchar ese adjetivo alemán.

–Un destino muy duro…

Peor. Cuando el tren que los transportaba llegó el 7 de octubre de 1943 a Auschwitz, pronto enfilaron el pasillo hacia la cámara de gas, entre oficiales risueños que no dejaban de asegurarles que todo iba a ir bien (alguno hasta se emperró en que Ottla le firmase un autógrafo como Franz Kafka, para una colección particular). Ella quiso, en todo momento, ir delante de los niños, acaso para que sus jóvenes retinas no se llevasen el penoso ejemplo de un buen puñado de sádicos con uniforme y sí el de su persona.

Pero ya no llevaba la sonrisa de 1922, la de la habitación de su hermano. Y a su imaginación prefería no invocarla…

Qué fragmento de Franz, escrito en su hondón, recordaría enfrentada a aquel delincuente simulacro de unas duchas, en qué lugar de su habitación lo habría dejado manuscrito, como quien no quiere la cosa.

 

 

Franz Kafka (1883-1924), que cede esta troquelación a la memoria de su querida hermana (otra secreta escritora), tuvo la suerte de no vivir en sus carnes las heces del periodo más amargo de Europa, aunque prefiguró su horror en cada uno de los cuentos y novelas que han hecho de él, de lo kafkiano, un referente al absurdo de nuestra existencia contemporánea. El castillo, El proceso o La metamorfosis identifican una realidad que ya nos es familiar, a base de martillear nuestras pesadillas cotidianas: el formulario que se atasca en una ventanilla, una cita médica o un simple matrimonio. Agazapado en su despacho de una agencia de seguros praguense –eso daría para otra troquelación– su mundo de principios del siglo pasado sigue siendo esencialmente el nuestro, con apenas alguna coma más…

 


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