martes, junio 30 2026

EL LYCEUM CLUB FEMENINO O EL “CLUB DE LAS MARIDAS” por Encarna Pérez

Me gustaría iniciar mi participación en la sección Voces recordando a las mujeres que formaron parte del Lyceum Club Femenino y que fueron calumniadas durante el tiempo que estuvieron activas y silenciadas tras la Guerra Civil. Se les llamó «Las Sin Sombrero» y, en un acto para ridiculizarlas, «El Club de las Maridas».

Quizás no haga falta recordar lo que este grupo de mujeres hizo para destacar la actividad de las mujeres durante la Segunda República, y, aún así, creo que merecen que se siga hablando de ellas y visibilizando su contribución histórica.

El lyceum Club Femenino fue una asociación puesta en marcha por un grupo de mujeres de la élite intelectual del país en el Madrid del 1926. Sus objetivos estaban relacionados con la mujer: defender sus derechos e intereses, promover su desarrollo integral (educativo, cultural y profesional) y organizar obras de carácter social. En sus propias palabras, querían «adelantar el reloj de España». Si lo hubieran conseguido o no, seguirá quedando en un gran interrogante. Yo quiero pensar que lo habrían logrado si no hubiera sido por el estallido de la guerra y los negros años que la posguerra supuso para la cultura y para la mujer. Entre ellas, se gestó el sufragio femenino; por ellas, se retiró el artículo 438 del Código Penal que penaba únicamente con el destierro al marido que asesinaba a su mujer por adulterio.

El lcf estaba inspirado en otras asociaciones similares que se crearon en diversas capitales (París, Berlín, New York…). El primero se fundó en Londres en 1903, y en 1908 se organizó una federación internacional (International Association of Lycéum Clubs) que sigue activa en la actualidad.

Desde una mirada actual, si algo se les pudiera objetar es el requisito para formar parte del club: las socias debían tener estudios superiores, haber destacado como escritoras, artistas, o intelectuales o haber participado en obras sociales. En la realidad suponía limitar el acceso a mujeres que no fueran de clase media y alta (habría que revisar, no obstante, si en sus estatutos se indicaba esta limitación). Esto, digo con la mirada actual, porque, desde aquellos años, la sola posibilidad de pensar que mujeres que debían trabajar para mantener la familia pudieran destinar su tiempo a las actividades del LCF era, con toda seguridad, pura fantasía. El mismo funcionamiento social no les permitía nada más que ocuparse «de sus tareas». Y no es excusa: es una realidad que no debe olvidarse.

¿Alguien puede pensar que una asociación que llegó a tener cerca de quinientas socias, sin distinción de edad, estado civil, orientación política, sexual ni religiosa, llegaron a entenderse y desarrollar una labor digna de mencionar?

La respuesta la tenemos en su propio final: el Lyceum Club fue desmantelado con el inicio de la guerra civil, lo que supuso el exilio para muchas de sus integrantes; acabada la guerra, fue confiscado por la Falange y la Sección Femenina convirtiéndolo en el club medina, cuyo objetivo era «entrar en vereda» a aquellas mujeres que se habían atrevido a abandonar el hogar. Nada que ver con lo que había sido el Lyceum, ni nada que ver con lo que algunos escriben en Internet: que se separaron por diversas circunstancias. Hablemos con propiedad porque fue justamente la causa de su «separación» la que provocó el exilio para muchas de ellas.

Tuvieron que luchar duro para conseguir lo que después borró la historia. Su tarea suscitó la reacción de la iglesia y la sociedad patriarcal. Fueron insultadas, se las calificaron de excéntricas, desequilibradas, criminales, madres desnaturalizadas. El Premio Nobel de Literatura Jacinto Benavente rechazó dar una conferencia en el LCF con el argumento de que no tenía tiempo para tontas y locas. Tampoco faltaron voces femeninas a quienes el club les parecía una auténtica aberración. Invisibilizaron sus logros llamando al LCF “el club de las maridas” porque, además de escritoras, pintoras, políticas, lingüistas, biólogas… muchas de ellas fueron esposas de renombrados señores de la época. Incluso hoy puede encontrarse quien se refiere a ellas como «una conspiración de sabias mujeres». Hay que agradecer que, por lo menos, se les respete lo de sabias.

Su final no fue fácil. Unas partieron al exilio, otras fueron depuradas, y las demás renunciaron a sus sueños y se resignaron a vivir en la sombra. Y durante muchos años todas sus voces permanecieron silenciadas.

Para acabar, dar nombre a algunas de ellas, si bien todas merecen ser conocidas y recordadas: Carmen Baroja, Clara Campoamor, Zenobia Camprubí, Ernestina de Champourcín, María de Maeztu, Victorina Durán, Elena Fortún,  Amalia Galárraga, Matilde Huici, Victoria Kent, María Lejárraga, María Teresa León, Concha Méndez, Margarita Nelken, Isabel Oyarzábal, Helen Phillips, Mabel Rick, Rosario Lacy, Pura Maortua, Carmen Gallardo Martín-Gamero, María Martos Arregui O’Neil, María del Mar Terrones Villanueva, Carmen Monné, María Francisca Clar Margarit, Julia Iruretagoiena y Rosa Spottorno. La presidencia honorífica la ostentaban la reina Victoria Eugenia y la Duquesa de Alba.

@Encarna Pérez

@Pintura gentileza de Francisco Bravo Cabrera.

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