Esa noche estábamos todos juntos en el departamento de Silvina en la calle San Lorenzo, la banda completa de músicos, poetas, y diferentes clases de vagabundos profesionales. Comíamos una especie de larga pizza interminable que las chicas habían amasado y cocinado con maestría como sólo se cocinan con amor los mejores deleites.
Las tres de la banda que hacían coros con unas voces celestiales se llamaban igual, Silvina, era una coincidencia única que hacía que se den vuelta al mismo tiempo para las risas de todos. Fumábamos y bebíamos como cosacos, todos los viernes eran iguales si no había show. Corrían los años 90 y escuchabamos discos en el wincofon hasta altas horas de la madrugada, alguien, no recuerdo quién, trajo » Canción Animal» de Soda Stereo, con esa extraña tapa del león con fondo naranja y ese sonido nuevo que nos dejaba perplejos.
Su música estaba en el aire y la comunión de amigos se asemejaba mucho a la de una tribu con su hechicero que traía los ruidos del mundo. El televisor había muerto la noche anterior con una explosión hueca, tal vez sea la válvula dijo Javier. Yo abría libros en páginas inciertas y convidaba a los oídos de quien quisiera escuchar, una de las Silvinas siempre quería y yo leía sin parar. Las botellas de cerveza y coca vacías indicaban que había que ir al kiosko de la esquina a cada rato. La Silvina que me gustaba siempre me acompañaba, su vestido corto negro me enloquecía y al parecer a ella mis poemas y la forma que se los recitaba en el oído también.
El humo de los cigarrillos ascendía y chocaba contra el techo para escapar por las ventanas lentamente y por la puerta que daba al extenso pasillo, que siempre estaba abierta por el calor del verano y dejaba entrar algunas veces los rayos de la luz plateada de la luna y los amigos curiosos de la noche, adictos al rito del encuentro.
Éramos como una banda de rock en permanente estado de descomposición y excesos que se reinventaba todo el tiempo casi en forma natural, entre deserciones e incorporaciones la palabra fin siempre estaba prohibida. Ya lejos de la gloria de principios de los ochenta intentábamos sobrevivir en los noventa como sea. Yo era sólo un amigo, un escritor, viajábamos a todos lados de la provincia por oscuros y peligrosos caminos donde el roce con los camiones era letal. Nunca nos pasó nada increíblemente y conocimos de la mano de Yayo, nuestro manager y productor, los clubes y cabarets más siniestros de la noche. Ayudaba con los bafles, los cables, el armado del escenario, siempre contrareloj.
Recuerdo las risas desencajadas, las bromas del futbol, las anécdotas interminables, la felicidad era nuestro estado permanente pero por supuesto lo ignorábamos por completo. Cuando llegó Luis, nuestro líder, no lo hizo solo, venía con una mala noticia bajo el brazo porque el baterista, Eduardo, estaba con mucha fiebre y severas placas en la garganta tirado en la cama con delirios y era imposible que estuviera al día siguiente en Paraná para un show previamente acordado por contrato. Pero había que cumplir y yo estaba justo ahí, en el lugar y el momento indicado.
El recital era con playback porque en vivo era más caro, pero era en la plaza central ante miles de entrerrianos y todos sabían que en ningún lugar del mundo se consigue un baterista de un día para el otro, además las bandas estaban siempre comprometidas en esas épocas doradas. Todos coincidieron que era el indicado para simular una actuación si el sonido era bueno, además mi pelo largo y mi campera negra con lentes oscuros daban el perfil exacto. Estuve practicando toda la noche con dos agujas de tejer de madera golpeando un tarro viejo de pintura vacío hasta que la Traffic nos vino a buscar al otro día. Era una especie de salvador improvisado pero no sabíamos lo que podía pasar, en realidad si sabíamos pero no lo queríamos imaginar.
Cuando llegamos la plaza estaba repleta como si tocaran los Rolling Stones.
La música empezó y yo estaba medio escondido detrás de todos, entre el guitarrista y el bajista, los vestidos cortos y las piernas perfectas de las chicas hicieron el resto, nadie se fijo en mí con los contoneos de las caderas de esas bellezas, la estafa visual era perfecta.
El problema era que el show fue un éxito rotundo y la gente quería más y no nos dejaban bajar del escenario. Salí a saludar ante miles de aplausos con la osadía que solo profesan los inconscientes, arrojando los palillos a las multitudes que se arremolinaban en el suelo como si fueran de Charly Watts.
Cuando íbamos saliendo entre apretujones y empujones luego de consumado el delito, un tipo bastante alto se me acercó y me ofreció dar clases de batería en su academia, otra chica con unos senos magníficos me invitó a su bar por la noche mientras un fotógrafo me retrataba para el periódico local.
Ya relajado, en el corto viaje de regreso, observando el bucólico paisaje por la ventanilla, el líder de la banda se me acercó diciéndome gracias y me preguntó si me había sentido un Rolling Stones. Le dije que no, que siempre camino por las calles de mi ciudad como un wincofon.
@Jesús María Cello.
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