La vieja de la webcam tenía setenta y cinco años de edad, lo cual significaba que nada había de su antigua belleza corporal. Sin embargo, desde que debutó sin apenas formación y atesoramiento, se convirtió en el activo más rentable de la agencia, ya que sus retransmisiones, además de tórridas, iban acompañadas de una cruda morbosidad nunca antes presenciada en pantalla.
Pese a lo competitivo de aquel mundo virtual, sus jóvenes compañeras de profesión la apodaron cariñosamente «La superabuela». Mientras que del otro lado del monitor, sus detractores —más mujeres que hombres— eran los mismos hipócritas que defendían con todas sus fuerzas que la edad solo era una cifra. ¡Qué sabían esos putos imbéciles de su estado mental y de su actitud positiva!
Ella no solo había logrado reinventarse y cumplir su sueño desde que enviudó, sino que también fue inspiración para sus coetáneos masculinos y femeninos, los cuales de su decadencia anatómica también hicieron virtud.
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