La joven ocupa el rincón más alejado del local. Bebe sola y mueve las piernas al ritmo de la música. Viste una camiseta negra, sin estampados ni escote, y a Nicolás le sorprende que nadie intente seducirla. Es preciosa y los asiduos del Ravel no desaprovecharían la ocasión. Pero Amos, Sergio y los demás conquistadores la ignoran y juegan al billar. Nicolás intenta concentrarse en la partida y la presencia de la joven lo reclama. La observa y descubre que también lo está mirando. Se sonríen y, cohibido, Nicolás desvía la mirada. La puerta del Ravel se abre y cinco chicas se aproximan a la barra. La metamorfosis que inspiran en Amos y los demás es instantánea. Elevan el volumen de la risa y no disimulan sus miradas. Cuchichean entre ellos y detienen el juego hasta que las chicas ocupan otra mesa de billar. Nicolás se levanta en busca de una cerveza y la joven le sonríe. Pide su bebida y, de regreso a su asiento, cambia de dirección y se acerca a ella.
—Hola —dice.
—Hola.
—Nunca te había visto por aquí.
—Es la primera vez que vengo.
—¿Y qué te parece?
—Demasiada… fauna. —Señala hacia las mesas de billar y comparten una carcajada. Nicolás no entiende dónde ha conseguido tanta confianza. La joven le invita a sentarse y Nicolás acepta —. Me llamo Naya.
—Y yo, Nicolás.
—Tus amigos no dejan de mirarnos —dice Naya. Y es verdad. Amos y los demás les vigilan en la distancia.
—Bueno, realmente no son amigos míos.
—Entiendo que quieras irte —dice Naya —. Estoy acostumbrada.
—¿Irme? Quiero estar aquí.
Naya se ruboriza.
—Gracias —dice. Hablan del estilo de música que les gusta, de libros, de cine y rincones favoritos —. Necesito ir al baño.
—¿Te apetece otra? —dice Nicolás. Y agita su cerveza vacía.
—Me encantaría.
Nicolás pide las bebidas en la barra. Amos no tarda en aparecer a su lado.
—Joder —dice.
—¿Cómo?
—Que vaya cardo, tío. ¿No te quieres venir? La rubia te está comiendo. —Señala hacia las mesas de billar y Nicolás ve que las jóvenes se han unido a Amos y al resto. Ha estado tan absorto en Naya que no se percató del cambio. Una de las chicas, la única rubia, lo mira fijamente.
—No, gracias —dice. Amos levanta una ceja y le palmea la espalda.
—Tú mismo —dice. Regresa con el grupo y Nicolás coge las cervezas. La rubia lo sigue con la mirada y Nicolás la ignora. Vuelve a la mesa y Naya sale del baño. La fusión de luz y sombras ensanchan su nariz, empequeñecen sus ojos y agrandan sus dientes. Vaya cardo, tío. Pero Naya sonríe y la ilusión desaparece. Hablan, ríen y Nicolás comprende la química del amor.
FIN
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