Una bruma resuelta se recostó sobre la avenida;
opacó las almas de los faros y semáforos.
La miseria,
que esa tarde me extendía sus palmas agujereadas,
se desvaneció contra una pared cubierta de grafitis,
apenas repintada con niebla.
Y blanco fue el aire en mis pulmones,
al abrirse camino en la noche.
A mitad de cuadra,
la bombilla de una vidriera anodina
titiló esperanza.
Sus cuatro maniquíes,
desnudos por la temporada baja,
parecieron bailar.
Y la danza se sintió tan vana,
pero a la vez tan sincera y descarnada,
que apuré el paso hasta mi auto.
Me encontré, al fin,
bajo el haz piadoso de una luna sin ruta.
NATALIA DOÑATE
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