Ariel Azor, Uruguay, es un escritor que ha destacado por sus cuentos y novelas. Es fundador, junto con otros escritores, del colectivo PIEL (Plataforma Internacional de Escritores Libres) y de la revista PIEL de Letras. Además es promotor cultural y editor. En el cuento que hoy presentamos, juega con la intriga y la distopía, haciéndonos bucear en la realidad actual a través de su juego ficcional. Feliciano F. González.
La Película, por Ariel Azor
Estaba viendo una película, tirado en el sillón, tomando una cerveza y comiendo un par de aceitunas; estuve un buen rato buscando hasta que al final me decidí por una. Trataba sobre un tipo que trabajaba para los que parecían ser dueños del mundo. Era, junto a un equipo que estaba bajo sus órdenes, el encargado de encontrar a aquellos habitantes que no generaban nada para sus intereses. Directa o indirectamente, nos involucraba a todos nosotros, a todos los seres vivos. Me pareció que podría tener algo de realidad. Alguien, desde algún lugar, nos maneja con invisibles hilos, como si fuéramos títeres y en sus reuniones toman café del bueno y deciden quién debe vivir y quién no, quién vale la pena siga existiendo y quién no.
Primero hacen lo posible por arruinarte, por sacarte todo, incluso las ganas de
vivir, y después dicen que no vales nada y mandan al actor este a matarte. Claro,
también están los humanos que son inservibles por voluntad propia; es cierto que hay
personas que no saben hacer nada, no les preocupa aprender ni salir adelante en la
vida; también las hay que están traumatizadas o incluso algunos nos hemos vuelto ya
unos viejos inservibles. Parece que el tipo de la película había matado ya a catorce
millones de personas. No era que quedaran tantas personas en el mundo; otros, antes,
habían inventado virus, enfermedades contagiosas, gases que caían de las avionetas
desde el cielo, y millones habían muerto masivamente.
La sobrepoblación era un problema ya resuelto. Los países, las
ciudades y luego las personas en ellas, eran catalogadas en una
escala del uno al diez. Algunos habitantes se rebelaban, otros no se
preguntaban los porqués de esto o aquello, ni cuestionaban nada, y
otros denunciando a vecinos, amigos o familiares, buscaron salvarse
siendo parte de la maquinaria asesina, y al final murieron como todos
los demás, traicionados como ellos habían traicionado.Los menos necesarios eran los números diez, ya no quedaba
nadie en el mundo con ese número en la lista, ni los nueve, ocho,
siete, seis o cinco; ya iban a por los cuatro.
Algunas especies animales o incluso vegetales también se
habían considerado innecesarias para el futuro, estaban dentro de
esos números y ya tampoco existían.
Los dueños del mundo y de las compañías asesinas y algunos trabajadores de
ellas (que en su mayoría eran robots) estaban en el número uno, algunas familias
millonarias, dueñas de las multinacionales en su nueva forma de trabajo en el número
dos (consideraban afuera a los líderes religiosos y políticos, ya que habían inventado
una nueva forma ideológica y ya no era necesaria la fragmentación, el gobierno único y
tecnológico lo abarcaba todo) y por último, digamos que los ejércitos, compuestos en su
mayoría por robots o humanos vistos como obedientes esclavos, además de algunas
personas catalogadas como súper inteligentes, estaban en el número tres. Todos los
que figuraban en esas categorías estaban salvados, serían parte del futuro, del nuevo
mundo.
“¿Será, acaso, que este actor de cine es un robot? Pues no,
hay una diferencia entre los ojos y la mirada de unos y otros. ¿Y
quiénes serán los números cuatro? Cuando empiecen a
exterminarlos nos enteraremos, sabremos ahí qué tipo de personas
va matando el actor y entonces, si tienes características similares a
aquellos, vendrán a por ti y ya nada podrá salvarte”.
Yo tenía un búnker que no lo podían captar con sus drones y
satélites. Mi perro se había salvado, allí estaba todo el día, echado,
despreocupado, no se pregunta ni le interesa nada, todo el día ahí
con su buena vida, igual que el gato. Se llevan mal y a veces se
pelean, o el maldito gato ataca al pájaro y el perro no sé por qué lo
defiende, y todo es un insoportable barullo. Debería catalogarlos.
¿Qué tal el número diez para el pájaro? ¿Para qué carajo sirve un
pájaro en un bunker? ¿Y el perro, con el número nueve? Se pasa
todo el día acostado sobre su almohadón, comiendo de lo que sé queme hará falta más adelante, y el ocho para el gato, (aunque no sé
muy bien por qué me parece más inteligente y necesario que los otros
dos). Así que empezaré por el pájaro y al otro día el perro y por último
el gato, granos y comida que ahorraré y guardaré para mí. ¿Y Nelly?
Ella, desde que pasó todo esto y perdió a su familia, está en
depresión, todo el día acostada, ya no le quedan pastillas para eso ni
para dormir, se toma la poca agua que queda y come por comer,
¿para qué quiere seguir viviendo? La pondré con el número siete, es
otro gasto innecesario.
No hay canales de aire desde hace meses, tengo un DVD y un
televisor y unas quince películas que siempre estoy viendo, es lo
único que puedo hacer, mirar películas todo el tiempo. Nelly llama y
pide agua, no le voy a dar, no se levanta tampoco, así que mejor será
ahorrarla, pronto terminará todo para ella, para los números siete. La
película tomó otro rumbo y, como siempre aparece una linda joven
que termina siendo pareja del actor principal, siempre es lo mismo.
En un principio yo escribía distintos finales de todas las películas,
hasta que me quedé sin ideas, se me agotaron todas las
posibilidades; rayos, me había vuelto un inservible, ya no sabía que
escribir.
Le puse pausa a la película y fui a hablar con Nelly. «Si te dijera que eres un
número siete y puedes pedir un deseo antes que vengamos a buscarte, ¿qué sería?».
Sus ojos tristes apenas me miraron, pero últimamente siempre lo estaban, «Que
pusieras en un papel: Soy Nelly. Quiero que Dios sepa quién soy, sólo eso pediría».
Volví al sillón y lo escribí con letras grandes en un papel, ya la última letra casi no se
veía por la falta de tinta, era el último bolígrafo que me quedaba. Quité la pausa y la
película continuó.
Había sido un escritor famoso, sobre todo para la causa, era de
los números tres, estaba entre los necesarios y súper inteligentes, y
ahora no tenía ni una maldita idea ni tampoco bolígrafo.Le daré un beso en la frente cuando sea el momento y todo el
sufrimiento y el mundo acabará para ella.
Me quedé mirando el resto de la película y buscando un resto
de tinta en el bolígrafo y entonces se escucharon ruidos a motor
arriba, y después cómo abrían la puerta del bunker. «Eres el número
cuatro, escritor, que ya no puedes escribir ni una palabra» ―dijo el
actor de cine, apuntándome con esa maquinita que te pulveriza en
un segundo; a un costado de él la muchacha bonita dejaba volar su
pelo y se movía en cámara lenta con movimientos sensuales, y detrás
los robots militares fuertemente armados, todos apuntándome. Sabía
que me iban a encontrar. «¿Cómo sabes que no serás traicionado
como tú me traicionas? ¿Y si después de matarme uno de esos
robots, o ella te mata a ti también?» ―le dije, y la pieza
inmediatamente quedó a oscuras.
El maldito gato le pegó un arañazo al perro al pasar y éste lo
sacó corriendo; el pájaro empezó a cantar, a reírse; apagué el
televisor y me fui a acostar. Nelly ya se había dormido, mañana veré
otra película y las cosas serán diferentes.
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