domingo, julio 5 2026

Evolución o quizás involución por Carmen Salas

La arena quemaba las plantas de los pies. Todas habíamos estado de acuerdo en pasar la tarde lejos del ruido. Por eso decidimos la playa, una playa salvaje, difícil para llegar tranquila para charlar, leer, pensar; serena para el baño y la liturgia sutil que deseaba me acompañara.

La natación era uno de mis fuertes, había echado los dientes nadando en el mar, poco después de saber andar. A la de tres, todas nos fuimos al mar y nos deslizamos como anguilas, éramos mar, salitre, abismo que me atraía hacia lo más lejos, hacia lo más hondo.

Mis amigas gritaban mi nombre, asustadas, hasta que la distancia hizo que dejaran de verme, mientras yo seguía la atracción que me incitaba a seguir. Seguía deslizándome rápidamente entre las corrientes marinas que se tornaron a mi favor. Tras las aguas límpidas podía ver el fondo marino y sus seres abisales. Nunca había llegado hasta allí sin tener que subir a respirar.

La belleza me obnubiló, sin percatarme de que no lo necesitaba. Podía respirar bajo el agua, comunicarme con otras criaturas semejantes a mí. La única diferencia es que no tenían piernas, sólo una cola larga terminada en dos aletas semejantes.

Mi emoción aumentó, el corazón parecía que me iba a estallar; cuando creí morir allí mismo, mi
entorno serenó mi temor, presa del asombro. Subimos hasta la superficie y la sorpresa fue versal,: mis compañeras de ahora cantaban y se regocijaban con sonrisas, me decían que yo también podía cantar sus cánticos paradisíacos, respirar, toser, soplar y así lo hicimos durante no sé cuánto tiempo. El Sol estaba arriba del todo, en perpendicular y alumbraba el camino de nuevo hacia el fondo marino.

No sé cuándo me di cuenta de mi transformación, de mi metamorfosis. Ya era una de ellas. Nos cobijábamos de noche, buscábamos el alimento al amparo del Sol, jugábamos al escondite, cantábamos componiendo otras canciones y sobre todo reíamos… Recordé el viaje con mis amigas, la búsqueda de la playa tranquila, el deseo de la suavidad del agua sobre mi piel entera. Pura magia la que percibía, sintiendo una paz que era novedosa, el descubrimiento de un mundo en el que quería quedarme para siempre. Pero sobre todo, recordé aquel inmenso deseo que desde niña sentí: ser sirena.

Hasta escribí un poema al que llamé “Quisiera ser sirena”.

Ahora ya lo era y no me arrepentía. Sólo me centré en la memoria de unas palabras que me decía mi madre: “Ten cuidado con lo que deseas, pues puede que termine convirtiéndose en realidad”.

@Carmen Salas del Río 

@Imagen Pinterest


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