Después, empecé a echar de menos mi país, hacía muchos años que había partido y quise volver a mi tierra de incógnito. Todavía tenía joyas y dinero, así que regresé en un barco haciendo paradas en diferentes lugares, algunos eran fascinantes, otros tristes, con calles polvorientas y perros fantasmagóricos, en ocasiones me sentí en peligro y pude oler la sangre y el filo de las navajas; pero en todos aprendía un poco sobre el mundo y sus gentes. Esta vez había vuelto como mujer y, como sabía tanto de barcos, el capitán se fijó en mí. Era un hombre resplandeciente, a veces se inclinaba sobre el timonel pare decirle algo y su cabello negro brillaba como una punta de obsidiana. Nos amamos en ese viaje, yo hubiera querido que no terminase nunca.
Suspira, Blanca la mira con incredulidad. ¿Realmente ha podido vivir todo eso?
_ Nos amamos y fue bello. Él fue muy bueno conmigo. Era un hombre inteligente y cariñoso, con gran sentido del humor. Cada mañana subía a la vela mayor y yo veía su camisa blanca allá en lo alto hincharse con el viento. Lo quería tanto… estaba lleno de vida y era hermoso. Hablábamos y reíamos mirando al mar. Así fue nuestra luna de miel.
Por fin llegamos a mi tierra. Desde la cubierta del barco contemplaba la larga franja azul turquesa del mar abrazando la costa. El sol doraba las murallas del fuerte, los palacetes rodeados de palmeras y las humildes casitas de madera. Las hojas de palma tenían ese brillo metálico que sólo se ve en determinados lugares. Y en lo profundo del bosque, fuera de la vista, los orangutanes se abrazaban a los troncos de los árboles mientras una cortina de fina lluvia caía sobre ellos hasta hacerlos relumbrar.
En cuanto atracamos en el puerto salí corriendo por las bulliciosas calles, esquivando el gentío de comerciantes, pescadores y curiosos. Llegué sin aliento a la puerta del palacete. Me llamó la atención que muchas cosas habían cambiado, el color de los muros, el césped, los parterres de espléndidas magnolias y flamboyants. Todas las flores habían desaparecido, también la hierba. Habían sido sustituidos por cemento y piedra gris, el conjunto tenía algo de escuela militar o barracón de ejército, o al menos, así me lo pareció. Lloré por los amados árboles que habían acompañado mi infancia porque muchos de ellos habían sido talados. La verja de la entrada estaba abierta, así que entré un poco asustada. Esperaba encontrar a mis padres viejecitos, sentados en aquellos suntuosos
sillones traídos de Francia. Pero ¡ay! No fue así. Subí la escalinata y por un momento me pareció que estaba entrando de nuevo en mi dorada infancia, en ese gesto tantas veces repetido de correr al interior con mis largos vestidos verdes, azules y naranjas. Ese olor a fruta fresca y aceite de coco, y mi risa tintineante de entonces, esa certeza de estar profundamente viva, aun en el dolor.
La puerta estaba abierta, aquello me pareció raro, así que entré en silencio, tratando de no hacer ruido con mis pisadas. Todas las cortinas estaban corridas y los muebles habían desaparecido del gran salón. No me atrevía a llamar a mis padres, así que fui recorriendo las habitaciones una a una. Todas estaban igualmente desnudas y vacías. Y de mi familia no había ni rastro. Ese caserón desnudo ya no me recordaba a mi casa. Volví a salir y cruzando el jardín principal me dirigí a la casa de al lado, otro palacete, un poco más pequeño que el nuestro donde vivían nuestros vecinos. Los Singh venían de la India, sus hijos eran nuestros amigos, jugábamos juntos y asistíamos a fiestas. No teníamos permitido movernos durante esas celebraciones. Pasábamos horas sentados en sillas altas e
incómodas haciéndonos muecas y dándonos pellizcos cuando los mayores no miraban. En fin, allí estaba yo, en el escalón de piedra rodeada de pétalos humedecidos por las últimas lluvias. Vikash, uno de mis amigos de entonces, abrió la puerta, me miró y me reconoció al instante. Me hizo pasar y me llevó a la sala principal.
Quería preguntarle qué había sido de sus mayordomos, jardineros, cocineras… pero no me atreví. Me senté sobre un cojín en el suelo y él se sentó enfrente de mí. Pidió que le contase mi historia y así lo hice. Después él me relató lo siguiente.
_ Años después de irte tú, tus padres se pusieron muy enfermos y murieron de una rara enfermedad. Tu hermano mayor quedó a cargo de la casa y, como era capitán del ejército la quiso convertir en una especie de fortín. Su locura no tenía límites, vendió todo el mobiliario traído de Francia, las porcelanas de Holanda, los jarrones chinos y las piezas de obsidiana de México. En su lugar colocó grandes taquillas militares, severas mesas grises y retiró todo aquello que tuviese el mínimo valor estético. Cortó las flores y taló árboles milenarios. Mis padres, mis hermanos y yo sentíamos mucha pena, pero no podíamos hacer nada contra el furor militar de tu hermano. También tus propios hermanos estaban sometidos a él, no se atrevían a desobedecerle, paseaba día y noche por los corredores empuñando su sable y cuidando de que sus órdenes fuesen acatadas. Hasta el aire era triste en tu casa. Entonces… llegó la plaga, una epidemia que se llevó a millares de personas, muchos huyeron, algunos desaparecieron, pero tu hermano se encerró en la casa y obligó a tus otros hermanos a quedarse con él. La plaga acabó con todos ellos. Durante mucho tiempo nadie se atrevió a entrar en el fortín. Al final el ejército los sacó e incineró sus cuerpos. También se llevaron todos los muebles. Desde entonces la casa permanece vacía, hay quien dice que el espíritu de tu hermano se aparece por las noches. Nadie quiere vivir allí.
Decidí instalarme en el caserón con mi amado, lo amueblamos de nuevo, llenamos el jardín de flores y plantamos árboles. Vivimos felizmente hasta que él tuvo que embarcar de nuevo hacia mares lejanos. Le prendí una flor del jardín en su uniforme y me despedí de él.
Pero ¡ay! Los piratas atacaron su barco frente a nuestras costas y lo mataron. Una parte de mí deseaba empuñar el sable y vengarse, pero otra sabía que la sangre no pone fin a la sangre, sino que la hace manar más fuerte. Cerré la casa, nombré a Vikash administrador y me marché, esta vez para no volver. Después del peso y el cansancio de tanto viaje, tanto dolor y amargura, quise retornar al lugar en el que encontré la paz. Y aquí estoy de nuevo.
Parece un cuento antiguo, Blanca quisiera preguntar si realmente le sucedió a ella pero alguien se le adelanta.
_ Es la historia de mi abuela, realmente. Lo que yo hago en la danza es contar esa historia una y otra vez; la sigo repitiendo en mi cuerpo, así que también es mía.
_ ¿Y todo sucedió como lo cuenta?
_ Mi abuela era una mujer que contaba historias_ sonríe la bailarina_ quién sabe si no lo inventó todo. Pero lo que me hizo sentir mientras me contaba esos cuentos sí que fue real y sé que las palabras viven en algún lugar que nos es desconocido y que de vez en cuando se infiltran en nosotros. Yo danzo esas palabras lejanas.
_ Su abuela debió ser una persona extraordinaria.
_ Lo fue, sin duda. También creo que dentro de toda persona normal yace agazapada la posibilidad de una vida extraordinaria esperando para saltar. No siempre le damos esa oportunidad.
Blanca se arma de valor en ese momento y con un hilo de voz pregunta:
_ ¿Y su abuela le dijo alguna vez el nombre del lugar donde encontró a ese hombre girando entre las ruinas?
Se escuchan algunas risas, a alguna gente le parece una pregunta tonta.
La bailarina se pone en pie. Se hace el silencio.
_Ah, para saber eso tú también deberás aprender a danzar.
Le tiende la mano.
_ ¿Y si toda esta historia es una invención suya? ¿Y si su abuela nunca fue a esos lugares?
_ interrumpe alguien.
_ No por eso sería menos verdad_ responde la bailarina.
Blanca toma la mano que le ofrece la mujer. Su vestido blanco, largo hasta los pies, su piel dorada y el cabello negro, irradian una luz.
_ Esta es tu primera lección_ sonríe Milenka.
@Brunhilde Román Ibáñez
@Imagen Pinterest
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