sábado, julio 4 2026

Extremadura no solo se nombra: se recuerda por Fabiola Rubio

Se lleva en la voz como quien guarda
un origen que no pesa,
sino que sostiene.
Es tierra que enseña a esperar sin rendirse,
a florecer sin ruido,
a reclamar sin estridencias lo que es suyo.
En cada encina que resiste,
en cada río que sigue su curso,
hay una promesa antigua:
la de que ninguna tierra que ama a su gente
queda para siempre en silencio.
Extremadura vive en quienes la escriben,
en quienes la sueñan,
en quienes la defienden
con palabras que son hogar.
En el corazón de esta tierra firme late Alcuéscar,
mi pueblo querido,
refugio de historias que no se olvidan
y de voces que aún saben pronunciar la gratitud.
Allí, donde el aire huele a pan reciente
y las campanas marcan el pulso del día,
la vida se hace sencilla, pero nunca pequeña.
Su escudo heráldico —orgullo en alto—
guarda la memoria de quienes labraron el tiempo:
la torre que vigila,
la encina que abraza,
el rojo que recuerda la fuerza,
el oro que honra lo que permanece.
Es un estandarte que no presume, pero sostiene.
Alcuéscar es raíz que no se quiebra,
hogar que llama incluso desde lejos,
abrazo que uno reconoce sin preguntar.
En sus calles se aprende
que la dignidad no necesita ruido
y que la belleza, cuando es verdadera,
se posa en lo cotidiano.
Extremadura entera cabe en este pueblo:
verde, blanca y bella,
como la nombran los que la sienten.
Y mientras el viento del este trae justicia,
Alcuéscar levanta su escudo al sol
y recuerda a todos
que la tierra que se ama
siempre responde.
@Fabiola Rubio Gil.

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