jueves, julio 2 2026

USUARIO NO IDENTIFICADO by Felicitas Rebaque

Esta mañana empezó como tantas otras: el despertador sonó a la misma hora, la cafetera inició su ciclo, el termostato ajustó la temperatura y la persiana subió siete centímetros para dejar entrar exactamente la cantidad de luz que mi historial había demostrado preferir. Todo ocurrió con esa eficacia discreta que solo poseen las cosas cuando han aprendido a anticiparse.

Antes de salir de casa, guiado por esa forma moderna del instinto que consiste en comprobar que seguimos existiendo en algún lugar, cogí  el móvil para mirar las redes, leer los titulares, y consultar el discreto saludo de los algoritmos que velan mientras dormimos.

No había notificaciones.

Ningún resumen del sueño.

Ningún saludo automático.

Solo la hora.

Lo sostuve frente al rostro. El reconocimiento facial falló.

Parpadeé, como si el error pudiera estar en mis ojos. Lo intenté de nuevo, esta vez sonriendo con una docilidad absurda, como quien trata de tranquilizar a un animal nervioso.

Falló de nuevo.

Entonces apareció el mensaje:

Usuario no identificado.

Sonreí, molesto. Tecleé la contraseña.

Error.

Reinicié el dispositivo, convencido de que se trataba de un fallo pasajero.

Tecleé el PIN.

Error.

Tras el tercer intento, el móvil se bloqueó. Pensé en una actualización defectuosa, en un problema técnico sin importancia. «Los sistemas se equivocan», me dije. Siempre hay una causa.

Durante unos segundos la pantalla quedó en negro y tuve la impresión absurda de que el teléfono dudaba.

Después vibró.

Usuario no identificado.

No recordaba el código PUK. Tendría que llamar a la compañía desde otro teléfono, quizá en la oficina.

Salí con prisa, inquieto por una sensación difícil de nombrar. En ese aparato llevaba algo más que datos: estaba mi agenda, mis contactos, mis documentos, mis tarjetas bancarias, mis fotos. Recuerdos certificados por fecha y geolocalización. Pruebas de que estaba en este mundo.

Al llegar al edificio de la empresa de seguridad en la que trabajaba, me dirigí al control de acceso cuando caí en la cuenta de que mi tarjeta de identificación también estaba en el móvil. Respiré aliviado al ver acercarse a Pedro, el vigilante.

No hubo reconocimiento en sus ojos ni extrañeza en su mirada,  solo una atención correcta, casi administrativa.

—¿Le ocurre algo?

—¿Pedro? ¿Ahora me llamas de usted? Se me ha bloqueado el móvil y mi identificación la llevo dentro.

Me miró con una cortesía distante.

—¿A dónde se dirige?

—No bromees. A mi oficina. ¿Recuerdas que trabajo aquí?

—¿Su nombre?

Suspiré y le seguí la broma, porque estaba seguro de que de eso se trataba.

—Roberto Sanz Fernández.

Pedro consultó su dispositivo.

—Aquí no consta nadie con ese nombre.

—Ya vale, Pedro. Ábreme, tengo prisa.

—Lo siento, señor. No puedo dejarle pasar. Y retírese, está obstaculizando el acceso.

La frase no hizo ruido al caer, pero sentí el impacto.

Intenté recordarle cosas —turnos, conversaciones, el día que trajo a su cachorro—, pero mientras hablaba comprendí que no trataba de convencerlo a él. Intentaba convencer a la realidad.

Me acompañó hasta la salida con una cortesía firme, la que se reserva a los extraviados.

Cuando me vi en la calle, me temblaban las piernas. Una presión creciente me cerraba el pecho. Entré en la cafetería de la esquina y pedí un café. No llegué a probarlo: no podía pagarlo: la tarjeta estaba en el móvil. Salí corriendo bajo la mirada reprobatoria del camarero y regresé al edificio  repitiéndome que todo era un error, una broma, una locura.

En cuanto Pedro me vio aparecer, no dudó un segundo, me bloqueó el paso y me sacó a la calle.

—¡Y no vuelva por aquí!

La angustia era un puño de hierro oprimiéndome el pecho. Apenas podía respirar, y una niebla espesa comenzaba a nublarme la mente.

Sin saber qué hacer ni adónde ir, caminé durante horas.

La gente pasaba a mi lado sin verme. Todos avanzaban inclinados sobre sus pantallas, como antiguos devotos consultando un oráculo luminoso. Sus rostros se encendían a intervalos, confirmados por notificaciones invisibles

Entonces comprendí algo evidente y terrible: Existían allí dentro, confirmados por notificaciones, likes, registros invisibles.

Yo ya no estaba conectado.

No me ignoraban.

Simplemente no había rastro de mí.

Cuando cayó la noche, las pantallas publicitarias iluminaron la ciudad con rostros felices y mensajes tranquilizadores. Me planté frente a una y grité mi nombre. Durante un instante, la imagen titiló y luego se apagó.

Me vi reflejado en el negro: un rostro cansado. Real… o eso quise creer.

Moví las manos delante de mis ojos, buscando una prueba.

Nada.

He seguido caminado  hasta llegar a una plaza. Exhausto, me he dejado caer en un banco. Un hombre pasa riendo mientras mira su teléfono. No envidio la risa, sino la certeza de que alguien, en algún lugar, la había provocado.

De pronto, lo he  comprendido con una claridad sin consuelo: he estado existiendo a través de los sistemas que me registraban.

Pienso en los datos entregados, en los permisos aceptados sin leer, en las copias de seguridad constantes. Tal vez no me han eliminado. Tal vez simplemente han dejado de actualizarme. Y sin actualización, uno se vuelve incompatible.

El frío, o el miedo,  me recorre el cuerpo. Me siento cada vez más ligero, menos definido. Como si ya no pesara lo suficiente. Como si ya no contara.

Toco el móvil bloqueado con una calma nueva, sin rabia. Solo aceptación.

«Tal vez desaparecer no fuera un error, sino una función».

Cierro los ojos.

Cuando los he vuelto abrir la plaza está vacía. Las pantallas siguen encendidas, repitiendo mensajes para nadie.

Repito mi nombre, varias veces en voz baja, hasta desgastarlo, sílaba a sílaba, hasta no significar nada. Las palabras también necesitan testigos.

No duele.

Eso es lo más inquietante.

Percibo una tenue vibración, como una notificación que nunca llega. Un gesto administrativo, invisible.

No me estoy desvaneciendo. Me están archivando.

Sin acceso público.
Sin perfil.
Sin posibilidad de ser invocado.

No es la muerte.

Es algo peor: la irrelevancia.

La ciudad sigue funcionando con su perfección indiferente. Nada esencial se ha perdido. El mundo no acusa la ausencia de lo que puede reemplazar sin esfuerzo. Solo sigue adelante.

Mientras mi presencia se convierte en un dato obsoleto, comprendo que desaparecer no siempre implica irse. A veces basta con dejar de ser reconocido.

Y yo comienzo a diluirme, a apagarme, como un pensamiento que nadie termina de formular.


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