Sé que el título de este texto puede llevar a algunos lectores y lectoras a pensar en la vieja película de 2012 de Peter Jackson: El Hobbit: un viaje inesperado. Sin embargo, nada tiene que ver con ese film. Es verdad que lo que voy a relatar puede interpretarse como una especie de viaje, y por eso he puesto ese título. También señalaré, que utilicé este mismo título para otro texto del año 2024. No obstante, no hay ningún viaje en el sentido profundo de movilidad espacial: sucede en la ciudad donde habito.
Todo comienza una tarde cualquiera (en la biblioteca del Círculo de Bellas Artes), cuando estoy revisando, y corrigiendo, todos los textos que he ido escribiendo desde que irrumpió el Covid-19: allá por el mes de marzo de 2020. Lo hago porque pretendo hacerme una impresión, en formato de libro, de todos esos escritos, hasta principios de este mismo año (unas 670 páginas), para intentar, después, que alguien me publique ese libro. En un determinado momento, en uno de esos textos, salta la mención de un viejo libro de Richard Wagner: Epistolario a Mathilde Wesendonck, que yo trataba de encontrar por aquellas fechas, pero que al final se tuerce: no sé si el librero al final no me lo quiere enviar, o se pierde, o ya no estaba disponible. No puedo recordar con exactitud cuál fue el motivo para que ese libro nunca llegara a mis manos. Yo lo necesitaba, porque estaba escribiendo algo (lo he hecho ya en tantas ocasiones, y creo que lo seguiré haciendo) sobre el amor y el enamoramiento.
Pues bien, en esa tarde primaveral en la que estoy recluido placenteramente en esa biblioteca (tan amada) que acabo de citar, al encontrarme con esa referencia, decido buscar de nuevo el libro. Sé que es harto difícil, porque la única edición en español hasta la fecha data de 1947-1948. No obstante, esa dificultad, no me voy a rendir fácilmente. Buceo en internet, como hago siempre que quiero encontrar algo: un libro, una película, un disco, un objeto, etc. No pasa apenas tiempo, para que me encuentre con él. Lo hayo en una escondida librería del barrio de San Fermín-Orcasitas, en Madrid, la ciudad en la que resido, como saben de sobra los lectores y lectoras que me siguen. Para los que no conozcan bien la capital del Estado, les indicaré que está situado en la periferia sur de la capital. Si añado un dato más, seguramente caerán en la cuenta de inmediato. En esa zona, se encuentra la llamada “caja mágica”, sede donde todas las primaveras tiene lugar el “Open” de Madrid de tenis.
El libro, en cuestión, está publicado (en esta segunda edición que encuentro) en 1948, en Buenos Aires, por la editorial Espasa-Calpe argentina. Llamo enseguida a la librería y me dicen que está disponible y en buen estado. Les digo que, como resido en la ciudad, me pasaré a recogerlo. Son tan amables, que incluso (a un requerimiento mío, siempre regateo, es una vieja costumbre de coleccionista) me lo rebajan.
Es sábado, casi las 11,30 de la mañana (algo temprano para mis costumbres), cuando abandono mi domicilio en el barrio de Vicálvaro, para dirigirme a otro barrio, San Fermín, en busca de mi libro. Inicio, así, un inesperado viaje que se alargará hasta la noche. Antes, las alarmantes noticias de la invasión de Irán por parte de Israel y los EE.UU., me han dejado bastante preocupado. No obstante, en mi mente, ahora que me introduzco en el metro, el epistolario dirigido a la Wesendonck, es quien ocupa todos mis pensamientos. El amor (correspondido, o no), como asunto humano contrapuesto a la pulsión de muerte, también humana.
A pesar de que el viaje es largo, las modernas y extensas comunicaciones que existen en la capital (más allá de la estulticia fascista de la derecha que la gobierna: ayuntamiento y comunidad), van a procurarme que sea más corto de lo que habría imaginado.
Una vez que salgo de la boca del metro de San Fermín-Orcasur, que es como se llama la parada del metro, trato de encontrar la calle donde se encuentra situada la librería, que lleva un nombre bastante sugerente: ”librería 7 colores”. Comienzo a caminar, y una vez que estoy en esa calle, como no la veo por ninguna parte, pregunto a una pareja mayor que está a punto de entrar en uno de los chalecitos que existen en la zona. No tienen ni idea de la existencia de ninguna librería en esa calle. Ante mi asombro e incredulidad (expresada, tal vez, con cierto énfasis) la señora, en un tono que denota cierta contrariedad ante mi insistencia, me dice: “Verá usted, yo vivo aquí desde hace años y no me suena ninguna librería”. Le doy las gracias, y sigo descendiendo la calle, en busca del número donde según la propia página web, debe de estar situada la librería. En ningún momento me planteo usar el google maps: ¡ni de coña!
Cuando pregunto a unos jóvenes, según avanzo, me doy cuenta que se han confundido completamente, porque me están dirigiendo a otra calle cuyo nombre no coincide, en nada, con la de la librería. Vuelta hacia atrás, para situarme, de nuevo, en la calle donde tiene que hallarse la dichosa librería. Me doy cuenta, a pesar de que nadie me ha indicado, qué hacia arriba, al otro lado de una calle que la atraviesa, mucho más grande, podría encontrar, al fin, la tan deseada “librería 7 colores”. Antes he llamado al teléfono que aparece en la página web, pero nadie ha descolgado el teléfono. Como me importa un comino lo de seguir preguntando a la gente que me encuentro a mi paso, lo vuelvo a intentar. Entonces me doy cuenta de que la encuentro por mí mismo, o no tengo nada que hacer. Los últimos paseantes interrogados, incluso tienen el cinismo de decirme que el número que les indico de la librería no existe en esa calle: ¡sin comentarios!
Observo que la numeración de la calle que estoy atravesando es muy alta, cuando el número de la librería es uno de los primeros, impares para más señas. Intento llamar de nuevo, mientras sigo subiendo la calle. Ahora tengo más suerte, porque al otro lado de la línea oigo una voz que trata de entender dónde demonios me encuentro. En un cierto momento, veo que una mano se agita al otro lado de un pequeño parque, haciéndome entender que es el señor de la librería. Le digo que ya lo veo y que voy hacia allí.
He pasado, anteriormente, por esa misma zona, cuando estaba dando vueltas como un trompo, pero enseguida me doy cuenta que el enorme camión estacionado delante de la librería me impedía poder ver el escaparate y el rótulo de la tienda. Enseguida me atienden y salen portando el preciado libro entre las manos. Cuando le comento a la persona que está en la caja que nadie de la zona conoce la librería, simplemente se encoje de hombros, aunque no llegar a pronunciar palabra alguna.
Salgo feliz con el libro ya en mi poder. Es de la serie amarilla, por el color de la portada y de la archiconocida “colección austral”, de la que poseo algunos libros; está editado por Espasa-Calpe Argentina, s.a. En concreto ojeo que esta segunda edición que ya poseo lleva la fecha de: 28-IV-1948. La primera es del 15-XI-1947. Que yo sepa, no ha habido ninguna edición más en español. Me siento afortunado por haberlo podido encontrar. El libro está en perfectas condiciones, incluida la sobrecubierta y todas las páginas. Sólo el paso del tiempo deja su indeleble marca: el papel amarillento, quemado, todo por igual. Lo que me hace bastante gracia, es comprobar la españolización del nombre de Wagner: Ricardo por Richard. Y también, el nombre de la destinataria de las cartas: Matilde por Mathilde, e incluso en el apellido ha desaparecido la c: Wesendonk en lugar de Wesendonck. ¿Cosas de la época?, no necesariamente. Es verdad que, en esos años, todo se españolizaba, por ejemplo: Carlos Marx, en lugar de Karl Marx, o: Rosa Luxemburgo, en lugar de Rosa Luxemburg. No obstante, en nuestros días, también se sigue cometiendo, en algunas ocasiones, ese atropello injustificable. Manías, tal vez, de creer que la lengua de uno está por encima de las demás.
Ya en la calle, intento volver a la parada de metro antes aludida para volver al centro, en concreto a mi amada biblioteca del Círculo de Bellas Artes. Apenas es la una del mediodía y tengo tiempo, antes de pensar en volver a comer a casa o hacerlo fuera, en algún restaurante, de echarle una ojeada a ese epistolario.
La biblioteca aparece medio vacía. Me sorprende, aunque también podría decir lo contrario, ya que prácticamente nunca acudo a ella por las mañanas. Tal vez, siendo sábado, la afluencia baja algo más. Observo cómo después de un buen rato de estudio, alguna de las opositoras que veo a menudo, por las tardes, sestea para reponer fuerzas. Yo disfruto de la lectura, sin tener que encender la luz que emiten los fluorescentes, porque el sol y la luminosidad se cuelan a través de los grandes ventanales que se asoman a la calle.
En un determinado momento, trato de reservar una mesa en un viejo y clásico restaurante en la calle de Barbieri, nada lejos de donde yo me encuentro. Lo hago a través del WhatsApp que tengo de esa legendaria casa de comidas. Enseguida me contestan que está todo lleno. Les digo que me va bien, incluso a última hora, en torno a las dieciséis horas. El tiempo pasa y no me vuelven a contestar. Sobre las 14,45, decido abandonar la biblioteca y acercarme hasta el restaurante a ver si la suerte me sonríe. No las tengo todas conmigo, porque el que no me hayan dicho nada da idea de que estarán a tope. Sin embargo, cuando llego a las inmediaciones y no veo a nadie en la calle, esperando turno, me hace albergar esperanzas. Cuando abro la puerta y entro, me sorprende ver que hay algunas mesas libres. No me puedo creer que un sábado, a esa hora, no estén a reventar. Tal vez sea la suerte añadida de este viaje inesperado que he iniciado hace más de tres horas.
Quisiera decir algo sobre la casa de comidas en la que estoy apostado, a punto de engullir sus deliciosos platos del menú a dieciséis euros. La casa se llama “El Bierzo”, y está abierta desde 1971. Tal vez haya ya escrito algo sobre ella, en alguno de mis textos anteriores. Esa zona de la ciudad, la calle Barbieri donde está situado el restaurante, la calle Libertad, Augusto Figueroa, etc., pertenece al barrio de Chueca, mundialmente conocido desde hace ya algunas décadas porque hay un montón de locales “gays” de todo tipo, frecuentados por un gran público diverso. Además, cuando se celebra el “día del orgullo”, cada año, el barrio de chueca es una explosión de alegría y de color. Sin embargo, en aquel inicio de los años setenta del siglo pasado, en el que yo habitaba en una residencia de estudiantes y trabajadores en otra calle del barrio: San Marcos, las cosas eran bien distintas. Las casas de lenocinio, y los bares de alterne, acababan de cerrar sus puertas en esa misma calle donde se encuentra el restaurante. El barrio, antes tan transitado por sujetos masculinos sedientos, en busca de ese tipo de servicios, aparecía, cuando llegué yo, a finales de julio de ese año, algo desierto, y con poca “vidilla”.
Curiosamente, nunca me llegué hasta la puerta de esa casa de comidas, habiendo pasado en numerosas ocasiones (las calles de San Marcos y Barbieri, se cruzan) por Barbieri. Tal vez, el hecho de tener justo enfrente de mi residencia, la “Taberna Carmencita”, donde empezaba a ir a menudo, cuando la pitanza servida en ese establecimiento donde residía era incomible, hicieron que eso no pasase. También acudía a otro viejo establecimiento situado en la calle Augusto Figueroa, cuyo rótulo en letras de madera decía: “Tienda de vinos”, pero que todos conocíamos por “El comunista”. Aún sigue existiendo el local, y el rótulo, aunque casi nunca lo encuentro abierto. En “El comunista”, en los años de la Segunda República (según me contó mi amigo pescadero, de quién he olvidado el nombre, con quien compartí mesa durante muchos años, en “Carmencita”), se reunía un grupo de anarquistas que publicaban una especie de periódico llamado “El Botín”.
Después de meterme entre pecho y espalda, unas lentejas caseras, una fritura mixta de calamares, boquerones y patatas, rematando todo con un delicioso flan casero, puedo abandonar “El Bierzo”, sabiendo que he repuesto adecuadamente mis fuerzas, para lo que sea menester. Mientras camino, dudo si volver de inmediato a la biblioteca, o tomarme un café en el viejo hotel Palace. A la altura del Círculo de Bellas Artes, en la entrada de Marqués de Casa Riera, decido proseguir la marcha en dirección al Palace. Callejeo, atravesando el Teatro de la Zarzuela, y la parte posterior del Congreso de los Diputados, para llegar hasta la pequeña calle de Fernanflor, donde todavía se puede ver la puerta lateral del Congreso por donde, en los años de la Segunda República, salían los señores diputados: Azaña, Indalecio Prieto, José Antonio Primo de Rivera, Serrano Suñer, José María Gil Robles, o Largo Caballero, entre otros, como demuestran las fotografías, en el periódico de la época, “El Sol”, de Alfonso.
Cruzo la Carrera de San Jerónimo, y estoy ya delante de la puerta del majestuoso Hotel Palace, construido en apenas quince meses, entre 1911 y 1912. Conozco la zona de su famosa “Cúpula”, con luminosas vidrieras, desde 1977. Hoy lo voy a volver a hacer, para degustar un café con leche, descafeinado, en la tranquilidad que rodea siempre este viejo hotel. Los lectores y lectoras más entrados en años recordarán que, desde sus instalaciones, un tal Francisco Laína, asumió la jefatura del gobierno, durante el secuestro de todo el ejecutivo: diputados y diputadas, aquel nefasto 23 de febrero de 1981, por el teniente coronel Antonio Tejero y sus secuaces. Como todos sabemos, aquel intento de golpe de Estado fallido, fue una experiencia muy peligrosa que a punto estuvo de fastidiarnos la vida a todos. No obstante, dejemos ese asunto, porque lo que quiero resaltar es cómo me siento cobijado de bien bajo esa cúpula resplandeciente que irradia una luz poderosa, en esta hora de la tarde (en torno a las 16,30), donde el sol brilla con fuerza en las calles de la capital.
En aquellos lejanos días de 1977, el hotel no era un hervidero de turistas de todo tipo, como lo es hoy en día. Los turistas son una “especie predadora”, que arrasa con todo. Tampoco había sufrido ningún tipo de reforma esa zona de la cúpula, en cuyo centro han situado, ahora, una barra de bar (absurda) y han cambiado también el viejo mobiliario, con cierto mal gusto, bajo mi humilde punto de vista. Sin embargo, a pesar de todo, me siento feliz en esta tarde, casi primaveral, donde mis huesos han ido a dar de nuevo con la cúpula del Palace. Me da algo de vértigo, pensar que llevo acudiendo al viejo hotel desde hace prácticamente medio siglo: ¡cómo pasa el tiempo! “El tiempo es una sucesión de cadáveres”, decía mi viejo maestro de filosofía, al que empecé a frecuentar a mediados de los años ochenta del siglo XX.
Después de casi dos horas en las que puedo observar algunas situaciones que me hacen reflexionar sobre ciertas cuestiones que siempre tienen que ver con las relaciones personales: amorosas, para más señas, decido abandonar ese cobijo del Palace. Voy a volver a la biblioteca ya mencionada, para seguir corrigiendo mis textos, como he aludido al principio. La tarde empieza a declinar, a pesar de que la luz aún se impone a la oscuridad que acecha incipiente.
Cuando atravieso la parte del bellísimo edificio proyectado por el arquitecto Antonio Palacios, es decir: donde está situado el cine Bellas Artes, y el teatro que lleva el mismo nombre, no puedo dejar de fantasear con la idea de que la piscina cubierta que poseía el Círculo, en sus orígenes, estaba en lo que hoy es el patio de butacas del teatro. Lo sé, por la interesante exposición que se acaba de inaugurar sobre los 100 años de la construcción del edificio. También sé que poseía una sala de manicura (para los señores socios, porque en aquellos años, no había socias), una sala para practicar esgrima, un comedor para socios y amigos, en la quinta planta, etc. Es verdad que el edificio sigue conservando las partes más importantes con las que contaba en aquel lejano 1926. Sin embargo, no perdono que la piscina desapareciese, a pesar de que se construyera un teatro en su lugar.
El trabajo en la biblioteca prosigue hasta bien entrada la noche, a eso de las veintiuna horas. Podría continuar hasta las veintidós, porque es la hora del cierre. No obstante, ya he trabajado suficiente, y quiero volver hasta la zona de Goya, caminando por la ciudad, donde cogeré el autobús para volver hasta Vicálvaro.
La calle está más que animada: el fin de semana y la temperatura benigna reinante, ayudan para que eso ocurra. Sin embargo, aunque hiciese frío y viento, la animación no bajaría lo más mínimo: lo he visto en infinidad de ocasiones. Mientras camino, miro mi teléfono móvil para ver qué diablos está sucediendo con la invasión de Irán. Cuando llegue a casa, trataré de conectar con algún canal de televisión, o alguna emisora de radio, para poder enterarme de cómo evolucionan los acontecimientos.
Cuando recalo en mi apartamento, compruebo, estupefacto, que la televisión y la radio están abducidos por los “premios Goya”: ese evento creado hace ya muchos años, para satisfacer los egos públicos y privados de los actores, actrices, directores, directoras, guionistas y demás gentes del mundo del cine, que no parecen tener suficiente con todo el apoyo mediático, y social, que reciben de manera continuada. ¡Qué les den!, yo también tengo el mío y no se lo voy restregando por la cara a los que me rodean.
Cuando a la mañana siguiente compruebe que el magnífico film de Óliver Laxe, Sirat, no ha recibido los premios más importantes: a mejor película y mejor director, me reafirmaré en pensar el mal gusto de esa autodenominada “academia de cine”.
La televisión pública también persiste en informar repetidamente sobre la liga profesional de futbol y todo lo que acontece: ¡patético! Si bien, entiendo que cada cual se pueda masturbar mentalmente como le venga en gana: ¡faltaría más!
Me tengo que refugiar, por fuerza, en una cadena televisiva que abusa de la publicidad y de las medias verdades. Sin embargo, esta noche hay alguna analista que realmente está a la altura de la situación que han precipitado por la mañana Trump y Netanyahu. Es una mujer iraní, que lleva residiendo en España casi cuarenta años. Cada vez que interviene, pone a todos los demás analistas en su sitio. Conoce bien la historia de su país, porque participó en las calles de Teherán en la revolución que produjo la caída del Sha de Persia (Irán): Mohamed Reza Pahlevi, en 1979. Lo que me deja bastante sorprendido es comprobar, viéndola, cuánto nos parecemos a los antiguos persas. Cuando intervienen otros iraníes, me ratifico en eso que acabo de escribir: la semejanza extraordinaria (en términos físicos) entre ellos y nosotros. Me gusta ese parecido con los iraníes.
Enseguida empiezan a llegar informaciones (todavía sin confirmación oficial) de la muerte del máximo dirigente iraní: el ayatolá Alí Jameneí, asesino y carnicero de cientos de miles de hombres y, sobre todo, de mujeres iraníes. Me alegra tanto (cuando la noticia es ya plenamente cierta) su caída, que me sale una frase a bote pronto que incluso vocalizo en voz alta en la soledad de mi apartamento: “mola, mola, mola, que se jodan los ayatolás…” Sí, sé que la situación creada por Israel y Estados Unidos, es sumamente grave: que la invasión de Irán es ilegal y no se ajusta al derecho internacional, como declama el presidente Pedro Sánchez en una declaración improvisada, antes de entrar al evento de los Goya. Sí, pero me mola que se jodan los ayatolás sanguinarios. Al día siguiente, la televisión oficial iraní nos regala una imagen impagable, cuando su presentador se echa a llorar delante de las cámaras, recordando al líder supremo. Me viene a la cabeza otra imagen similar de hace muchos años, en noviembre de 1973, en nuestro país, cuando en el funeral por la muerte del almirante Carrero Blanco, el general Francisco Franco, tembloroso, se echa a llorar. Imagen impagable que le debemos a la organización vasca Euskadi Ta Askatasuna, que fue quien produjo la eliminación del almirante cejudo, que era, ni más ni menos, el presidente del gobierno español. A mi juicio, la voladura de Carrero produjo una crisis definitiva en el régimen dictatorial. Luego habría otros acontecimientos (la propia muerte del general), y la deriva de la organización armada vasca en una espiral que ya no tenía ningún sentido, una vez que se celebraron las elecciones del 15 de junio de 1977. Pero esa, sería también otra historia.
Mi viaje inesperado acaba entrando de lleno en las informaciones que llegan de la guerra en Oriente Medio. Sin embargo, el día ha dado para mucho, cuando al levantarme, algo más temprano que de costumbre, inicie un viaje por distintos puntos de la ciudad.
La imagen, es una fotografía que parece hecha desde el torreón del Círculo de Bellas Artes, que es donde yo tengo un pequeño puesto para pintar, como he contado en otras ocasiones. Lo digo, porque es lo mismo que yo diviso cuando estoy sentado en mi mesa de trabajo, delante de uno de los grandes ventanales de ese cubículo, donde trabajamos una treintena de artistas. Se ve el ángulo de la calle de Alcalá con la Gran Vía, con el edificio de la Telefónica al fondo, a la izquierda. El cielo azul aparece algo enmarañado por la presencia de jirones de nubes. Al fondo, también, la silueta azulada de la sierra de Madrid.
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