A veces pensamos que la violencia ocurre solo en el golpe, ya sea físico, emocional, psicológico, pero no. La violencia también se sostiene en lo que se minimiza, en lo que se normaliza, en lo que se decide no mirar porque “no es mi competencia”, “ya no es nuestro tema” o “mejor no meterse”. Pero la omisión no es neutral, la omisión toma partido.
Me doy cuenta de que muchas veces el silencio no nace de la maldad, sino de la comodidad de lo formal, pero aun así el efecto es el mismo. Lo que no se nombra empieza a volverse invisible y lo que es invisible muchas veces se vuelve soportable.
Cuando una mujer habla de violencia y el entorno decide que no es suficientemente grave, suficientemente claro o suficientemente propio, el mensaje que se recibe no es jurídico, es simbólico: esto no importa tanto. Y en temas así, lo simbólico pesa más que lo formal. No se trata de castigar cuando no corresponde, ni de extralimitarse. Se trata de entender que el silencio institucional —y también el personal— educa. Educa a quien agrede, a quien observa y sobre todo, a quien sufre.
A veces me pregunto si no hemos confundido la prudencia con la indiferencia, o la racionalidad con una forma elegante de no implicarnos. Aristóteles decía que no elegir también es una elección. Y aquí, no decir nada es una manera de decir que el daño puede esperar.
Decir “no es nuestro asunto” puede ser legalmente correcto y moralmente pobre al mismo tiempo. Y ahí es donde las instituciones —y las personas— se juegan algo más profundo que un reglamento: se juegan su coherencia con los valores que dicen sostener.
Porque cuando nadie nombra, nadie cuida. Y cuando nadie cuida, la violencia aprende que puede quedarse. Y tal vez por eso escribir esto es también una forma de no callar todo. De recordarme que mirar de frente, aunque incomode, sigue siendo una forma mínima —pero necesaria— de responsabilidad.
También hay una forma de violencia que no deja marcas visibles y por eso cuesta más reconocerla. La que se produce cuando el contexto se vuelve tibio frente al daño. No es el golpe, es el eco que se apaga demasiado rápido. No es el grito, es la respuesta medida, distante, casi administrativa. Esa violencia no se ejerce con intención, pero se perpetúa en la rutina. Se instala cuando lo excepcional se vuelve “un tema más”, cuando la urgencia se diluye en tecnicismos, y el sufrimiento ajeno empieza a parecer un asunto incomodo, no prioritario. Ahí el problema ya no es solo quien agrede, sino quién decide que el daño no es tan importante.
Pensamos que la objetividad nos protege, que mantener distancia nos vuelve justos, pero hay momentos en que la neutralidad no es equilibrio, sino retiro. La filosofía moral lo ha dicho muchas veces: no todo juicio se agota en la legalidad, y no toda corrección formal es suficiente para sostener una comunidad que realmente pretende ser ética. Las instituciones —y también las personas— no solo existen para administrar límites, sino para encarar valores. Cuando esos valores no se hacen visibles en los momentos difíciles, empiezan a vaciarse de contenido. Y entonces la pregunta deja de ser ¿quién actúa conforme a la norma? Y se transforma en ¿quién está a la altura del sentido que esa norma pretende resguardar?
Quizá por eso la omisión duele tanto en estos temas, porque no grita, sino pesa. Porque no acusa, pero abandona. Porque deja sola a quien habla y cómodo a quien prefiere no complicarse. Y aunque nadie se atreva a decirlo en voz alta, el mensaje se filtra: hay dolores que no alcanzan el umbral de lo “importante”. A veces pensamos que el tiempo cura las heridas, las cicatriza y ya no es necesario actuar, pero creo que más vale tarde o incompleto, que nunca jamás.
Ciudad de México, 8 de marzo de 2026
- Teresa Esteban es escritora (terestber@gmail.com).
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