Tras el cuento que publicamos la semana pasada, ofrecemos una nueva entrega de Antonio Méndez Baiges con el que confirmamos la solidez de su narrativa. Feliciano F. González
fotografía de Feliciano F. González
UNA NUEVA RELACIÓN PARA WINONA O QUIEN TE HA VISTO Y QUIEN TE VE Y SOMBRA DE LO QUE ERAS…
Winona era, sin lugar a dudas, la chica más popular del instituto. La más popular de todas. Y, como se suele decir en estos casos por gente que exhibe una inteligencia mucho mayor de la que efectivamente posee, ella lo sabía. Era rubia, como manda, si no el canon literario occidental, sí al menos el canon cinematográfico americano, y su destacada belleza un timbre de orgullo incluso para las autoridades académicas de la institución. Era delegada de curso, líder de las cheerleaders, miembro de la junta de estudios en representación de los estudiantes, y novia del capitán del equipo masculino de baloncesto. Lo tenía todo en la vida, no le faltaba nada. Nada de nada. Así que, forzosamente, tenía que ser feliz. Y lo fue, al menos por algún tiempo (siempre por algún tiempo), hasta la llegada al instituto de aquella llamativa alumna nueva de padre francés: Lorraine Fignon.
Lorraine (Lorena) es un nombre francés. Es el nombre de una región de Francia situada al noreste del país. Procede de Lotaringia, denominación que se le dio al antiguo reino del rey Lotario II, que recibió este territorio después de que el reino de la Francia Media de su padre Lotario I se dividiera entre sus hijos por el tratado de Prüm en el año 855. Más conocida de algunas gentes que esta etimología, merced sobre todo al influjo del séptimo arte, es la cruz de Lorena, cruz con dos travesaños, el inferior más largo que el superior, que fue el símbolo de la resistencia francesa a la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial.
Precedida por los buenos augurios que todos estos insignes antecedentes prestaban a su nombre, Lorraine llegó al instituto de la pequeña ciudad de Milltown en plena primavera, en mitad de curso, con motivo de un cambio de residencia de su familia derivado de un nuevo destino profesional de su padre. No puede decirse, al menos al principio, que se hiciera notar mucho, pero era demasiado bella y demasiado especial (y, además, con la nota exótica de su extranjería) como para que esta situación pudiera prolongarse demasiado en el tiempo.
Era morena, esbelta, bien formada, con un pelo corto arreglado a lo garçon. Poseía un extraordinario don de gentes, una simpatía natural y era dueña de un espíritu auténticamente superior. Con todos estos antecedentes, estaba destinada a destacar naturalmente entre sus condiscípulos y, lo que es peor, a hacerle sombra inevitablemente a la indiscutible Winona. El drama, pues, parecía servido.
Las chicas que contaban buscaban la compañía de Lorraine; los chicos, tanto los que contaban como los que no, asediaban a Lorraine. Había una chica de las que no contaban, Lucy, que también buscaba la proximidad de la francesa, pero, ay, no lo hacía por las mismas razones que las chicas, sino por las mismas razones que los chicos. Inadvertida del particular sesgo de la inclinación de Lucy hacia ella, que ésta se cuidó muy mucho de desvelarle inmediatamente, la nueva alumna se dejó querer y, correspondiendo a sus atenciones, intimó rápidamente con su condiscípula, a la que encontraba en verdad interesante.
Lucy era lo que podríamos llamar una intelectual. Era una lectora voraz e insaciable, destacaba en las asignaturas de humanidades, tenía una notable habilidad para el dibujo artístico y las manualidades. Todos estos rasgos de su personalidad despertaron la simpatía de Lorraine, de la que ya hemos dejado dicho que era un espíritu auténticamente superior. Bajo el influjo de su nueva amiga, que pronto habría de estar verdadera y profundamente enamorada de ella y deseando ardientemente ver brillar al objeto de su amor, Lorraine concibió o, mejor dicho, se dejó penetrar inconscientemente por el propósito de destacar por encima de la muchedumbre, de ser alguien. Y, con sus innatas habilidades, pronto habría de hacerlo, vaya si habría de hacerlo.
Al cabo de un mes tan sólo de haber ingresado en el instituto, ya era directora del club de lectura (integrado casi exclusivamente por matriculadas del sexo femenino), editora del periódico colegial e integrante del grupo de teatro, en cuyos ensayos se le asignaban siempre papeles destacados e incluso protagonistas. En esta última condición, orientada por Lucy, pudo influir sobre la directora del grupo para que se seleccionara, a fin de ser representada en las celebraciones de fin de curso, la obra Las brujas de Salem, del dramaturgo norteamericano Arthur Miller.
Era una opción arriesgada. Para la mentalidad pueblerina de Milltown, una pequeña villa del Medio Oeste de población homogéneamente blanca y fundamentalmente de clase media, no parecía el tipo de representación más apropiada. Si para algunos padres de alumnos, pocos, era ésta uno obra que a priori no les decía nada de nada ni, por tanto, les predisponía ni en su contra ni a su favor (y no faltaban tampoco algunos, los menos, que incluso la distinguían con su preferencia), para otros, la mayoría, conocedores de los antecedentes y de la significación profunda de este drama, un clásico de la literatura americana del siglo XX bien conocido de cualquier ciudadano con una formación media, significaba poco menos que una ofensa a la dignidad de la comunidad, por su turbia vinculación histórica con los simpatizantes del comunismo en el mundo de las artes y en el mundo del espectáculo en los años cincuenta del siglo XX y por sus -más que discutibles- sentimientos antiamericanos.
Pese a la polémica desatada, el proyecto, no sin algunas dificultades, siguió adelante, y, así, llegó por fin el día de la representación. Con Lorraine en el papel de Abigail y Lucy en el papel de Mercedes, no podía empezar bajo peores augurios. Algunos padres y sus hijos habían pensado incluso hacerle el vació al acto, y los ánimos, por lo general, eran desfavorables y estaban más bien exaltados. Pero sucedió que, unos días antes del señalado para la función, la actriz Kirstie Alley, protagonista de la película de 2002 sobre el mismo tema, había venido a pasar unos días de vacaciones junto al lago cercano a la localidad y, sabedora de que la obra iba a ser representada en el instituto local, se había puesto en contacto con la dirección del centro y solicitado asistir como público de excepción. Este hecho, pronto conocido por todos, dio un giro inesperado a los acontecimientos.
Todo el mundo en el pueblo quiso estar en la representación de la obra. Fue un éxito de clamor. Al concluir la función, la señorita Alley quiso subir al escenario a felicitar a los actores y pronunciar unas breves palabras para el recuerdo. Winona, encargada de entregarle un ramo de rosas, se fundió en un cálido y espectacular abrazo con Abigail y Mercedes, o Lorraine y Lucy, con las que, a partir de entonces, quedaron amigas para toda la vida.
Y en el porvenir Winona y Lorraine reinaron en la vida social del instituto tal los copríncipes de Andorra, con Lucy como consorte (secreto) de la mandataria francesa. Y, eso sí, con un pacto de Estado (también secreto) en virtud del cual, para el año siguiente, la función consistiría en una adaptación para la escena de El mago de Oz, de Lyman Frank Baum.
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