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NIEBLA by Manuela Gallego

Imagen tomada de Pinterest

Se vistió despacio, el vestido era color rojo fuego. Fuego como las llamas del infierno que ardían en su pecho, pintó las pestañas y remató su atuendo con una enorme pamela que, inclinando un poco la cabeza le tapaba la mitad de la cara.

Miró la habitación, ¡Todo estaba en orden! Se despidió del espejo con una mueca y salió a la calle.

Anduvo a pasos lentos, contando los adoquines de la acera. Una espesa niebla vestía de invierno la ciudad, en lo que debería ser una radiante mañana de Agosto.

Espero lejos de la iglesia, hasta que poco a poco fueron entrando todos los invitados, se escuchaba el murmullo de las conversaciones, que intuía eran alabanzas a los atuendos y tocados que en estos eventos igualaba la condición social de todos, hasta los más humildes tiraban la casa por la ventana para comprar el vestido más extravagante.

No lo vio entrar, se supone que guardando la tradición,se encontraba ya al pie del altar acompañado de la madrina.

Cerró los ojos cuando un coche antiguo depósito una figura blanca como un fantasma, al pie de las escalinatas.

Esperó un buen rato, mirando el torreón de la campana, se coló en el templo con el sigilo de un ladrón. Se situó en el último banco al lado de un confesionario con rejillas en los laterales, para que los pecados de los penitentes entraran despacio y a poder ser fueran protegidos por el anonimato.

Algún jirón de la niebla matutina se colaba hasta su posición y su frío húmedo le erizaba la piel de porcelana.

No prestó atención a todo lo que decía un cura grueso de cara sonriente, y gestos exagerados; De todo el acto, solo le importaba un instante, que dado que toda su vida había sido un devenir de sucesos inesperados, sacados de una novela de un autor con poca inspiración y un poco dado a los dramas, tal vez, en ese momento se produjera el milagro.

De repente la voz del sacerdote llegó nítida a sus oídos: – Juaquin, quieres a Blanca por esposa, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas……su corazón se aceleró.

_ Si quiero.

Esas dos palabras la empujaron fuera del templo a la velocidad de un relámpago. Dos palabras que ponían fin para siempre a todas las tardes que se habían prometido amor eterno, mientras ella ponía a sus pies su cuerpo, su fortuna, su alma y el ardiente deseo de compartir la vida hasta que la muerte los llevara al cielo o al infierno de los desesperados.

Llego rápido a la estación de tren y sacó un billete para la primera ciudad que se le pasó por su desordenado cerebro.

Durmió las dos escasas horas que duraba el viaje.

Miguel está atascado con las últimas páginas de la novela que tiene entre manos, escribe por encargo para una editorial, que le paga poco y exige unas condiciones, de vez en cuando un poco extrañas: En esta ocasión, parecía fácil: que la novela tuviera por lo menos 300 páginas.

Escribió seguido, casi sin descanso, durante dos meses. Era como si el solo tuviera que poner sus dedos encima de las teclas del ordenador y la historia se inventara sola, unas vidas de amor y desamor, que se entrelazan de manera caprichosa. Hoy estaba satisfecho, dos de los personajes acababan en boda, con lo cual el final lógico hubiera sido «y fueron felices….». Pero le faltaban dos páginas y le sobraba un personaje femenino que no tenía muy claro que hacer con el.

Salió a la calle y anduvo sin rumbo durante un tiempo indefinido. Lo atrajo la luz mortecina de un tugurio de mala fama, en el que nunca había puesto pie ni presencia. Entró cauteloso y de repente lo envolvió una espesa niebla, causada tal vez por la escasa ventilación, pero que a el le pareció que así debía de ser la entrada del infierno.

Todos los clientes del tugurio parecían cortados por el mismo patrón, hombres de rostro quemado por los sinsabores de la vida, que buscaban anestesiar cada día, a base de alcohol de alta graduación, tal vez acompañado de alguna que otra sustancia, comprada a escondidas al propio camarero que hacía negocio con las desgracias ajenas.

Estuvo a punto de dar media vuelta, cuando lo atrajo poderosamente una figura femenina que se ocultaba al final de la barra. Se cubría a medias con un vestido rojo, que centelleaba bajo la escasa luz del garito. Encima de la barra descansaba una hermosa pamela, más apropiada para asistir a una boda, que para emborracharse en el tugurio más sórdido de la ciudad.

La piel tenía el color y la suavidad de la porcelana, el mechón de pelo que le cubría la mitad de la cara parecía la pluma negra de un cuervo.

Se acercó, pidió una copa – Sírveme lo mismo que está tomando la señorita.

El camarero acudió diligente. El primer trago le quemó la garganta y anuló de por vida las papilas gustativas. -¡Pero que diablos bebé usted ! ¿Acaso tiene intención de suicidarse?

para otra vez toma tus propias decisiones de lo que metes en tu cuerpo_pensé que una joven tan hermosa y delicada, estaría bebiendo, una bebida menos agresiva. ¡Te admito lo de hermosa! Pero aunque mi aspecto sea de veinticinco años, mi corazón tiene más de noventa.

_¿Que haces en un tugurio como este vestida de boda?

_ En realidad vengo de un funeral, mi funeral, solo que mi corazón aún late, pero dado que está viejo y agotado, puede que con unos cuantos tragos más de este matarratas, por fin me llegue el descanso que deseo.

_ Me resulta sorprendente, que a tu edad no encuentres un motivo para seguir viviendo..

_Mi vida ha sido como una mala novela, escrita por un mediocre escritor, Tengo más dinero del que podría gastar, me enamoré de un hombre, tan profundamente que era como si los dos compartiremos un único corazón, pero hace unas horas me mato con dos palabras: un «si quiero » mirando embobado a los ojos de un fantasma que se coló en nuestras vidas.

_¿Merece la pena morir de desamor?

_¡No se puede vivir sin corazón! Solo espero que el hacedor de mi destino sea generoso y borre de un plumazo mi sufrimiento. Me gustaría ser valiente y poner fin a mi paso por este mundo con un digno suicido, Pero solo soy capaz de aferrarme a esta barra, y copa a copa anestesiar mi sufrimiento.

Miguel no supo que contestar. Se marchó sin despedirse. Fue directo a casa y encendió el ordenador. Como le ocurrió durante toda la novela, sus dedos adquirieron vida propia.

Una hora más tarde una hermosa chica, vestida de fuego salió a la calle, la niebla era tan espesa que no distinguía ni la luz de las farolas.

Tampoco vio las luces del coche que se acercaba, conducido por un hombre que llevaba en sangre, un nivel de alcohol similar al de la joven.

El impacto fue brutal, no fue necesaria una ambulancia, solo la presencia de un forense que certificará la muerte.

A dos calles de distancia, Miguel estaba satisfecho: acababa de escribir la palabra fin a su novela. Tenía 301 páginas, la última frase le dejó un sabor agridulce, pero no pensaba cambiarla.

«Una sola rosa, daba un poco de color a la sobriedad del ataud»

FIN

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