Archipielago

Libertarios en la Barcelona de los 70: un fugaz y brillante instante de la cultura catalana

Los recuerda la exposición ‘Underground y contracultura de los años 70’, que puede verse en CentroCentro, la sala de exposiciones del Ayuntamiento de Madrid comisariada por Pepe Ribas

Por Ramón González Férriz Publicado en El Confidencial Imagen de la exposición ‘Underground y contracultura de los años 70’ basada en una portada de ‘Ajoblanco’. (CentroCentro)

      A finales de julio de 1977, el sindicato anarquista CNT, algunos grupos libertarios más jóvenes reunidos en torno a la revista Ajoblanco y varios colectivos artísticos underground organizaron las Jornadas Libertarias de Barcelona. Durante el día, en el Saló Diana —en lo que entonces se llamaba barrio chino—, tuvieron lugar debates sobre el anarquismo, el antimilitarismo, el feminismo y la situación política del país tras la muerte de Franco. Durante la noche, en el otro extremo de la ciudad, en el Parc Güell, se celebraron conciertos, representaciones teatrales y performances artístico-políticas. En una de ellas, el pintor trans Ocaña y el dibujante de cómics Nazario se subieron al escenario en el que actuaba un cantautor y se pusieron a follar en directo. Los jóvenes les jalearon; los veteranos anarquistas, algunos de ellos regresados del exilio, no entendían demasiado qué significaba aquello.

      Las jornadas mezclaron reivindicaciones izquierdistas y hedonismo. Fueron el reflejo de un momento brillante, heterogéneo y fugaz de la cultura catalana. Muy influidos por la psicodelia y la cultura de las drogas de California, el folk estadounidense y el pop británico, esos jóvenes se reunían en Zeleste, y en conciertos celebrados en Granollers y Canet, para escuchar la nueva rumba y el rock progresivo, leían cómics alternativos y procaces, y fundaban comunas para escapar de los opresivos hogares patriarcales. Editaban fanzines alternativos y revistas de rock y devoraban los libros de la editorial Kairós, que anunciaban la llegada de una era más libre, creativa y lisérgica. Algunos de esos libros estaban escritos por jóvenes progres catalanes cuyos padres les habían podido pagar el viaje a Estados Unidos.

      Pepe Ribas y terenci Moix

      Todo esto lo cuenta la exposición Underground y contracultura de los años 70, que puede verse en CentroCentro, la sala de exposiciones del Ayuntamiento de Madrid. Ha estado comisariada, entre otros, por Pepe Ribas, que fue uno de los promotores de Ajoblanco y hoy es el guardián más celoso de este movimiento cultural que surgió en los años 70, en paralelo a las nuevas olas que surgían en otras ciudades españolas como Vigo o Madrid, donde más tarde recibieron el nombre de movida. La exposición hace un repaso temático de ese pequeño y fugaz estallido de brillantez: desde el contexto cultural en Occidente —el auge de la contracultura— hasta sus expresiones más concretas, como las de los músicos Pau Riba, Sisa o Gato Pérez; los cómics de Javier Mariscal o Nazario, y revistas como el propio Ajoblanco o Disco Express. Y muestra fotos y vídeos del movimiento: de las propias jornadas libertarias, de conciertos en la mítica sala Zeleste, de las manifestaciones por los derechos sexuales, los choques con la policía, los desfiles provocativos por las Ramblas, las comunas…

      Los libertarios tuvieron un éxito en vida, luego un fracaso que acabó con ellos como movimiento y finalmente un triunfo post mortem. El éxito, como refleja la exposición, fue la creación de una cultura libre y antiautoritaria, vibrante, cosmopolita y llena de sentido del humor y provocaciones al aburrido establishment catalán: una mezcla de sexo, teatralidad, indiferencia y frivolidad. El fracaso fue que sus miembros no se molestaron en detectar que durante mucho tiempo la cultura iba a quedar asociada, por un lado, al progresismo vinculado al PSOE en el Gobierno central y numerosos ayuntamientos y, por otro, en Cataluña, al nacionalismo de la Generalitat de Pujol. Los libertarios iban a otra cosa, pero pagaron un precio: si usted no es catalán, es probable que no le suenen mucho los nombres que he mencionado anteriormente y, en cambio, conozca muy bien los de los miembros de la movida o los emblemas culturales aupados por Convergència i Unió (los libertarios eran igual de talentosos y modernos que los primeros e increíblemente más interesantes que los segundos).

      Triunfo póstumo

      Su triunfo póstumo también recorre la exposición, aunque no de manera explícita (todo el montaje es valioso, pero se acaba precisamente cuando coge más vuelo e interés): los libertarios, pese a hacer una cultura minoritaria y demasiado amateur y vanguardista para convertirse en hegemónica sin el apoyo institucional, y pertenecer a una tradición política condenada a desaparecer en la democracia, entendieron muy bien nuestro tiempo. La revista Ajoblanco estaba asombrosamente repleta de temas sobre los que hoy seguimos discutiendo: el feminismo, la ecología, el vegetarianismo, el poliamor, el uso de energía nuclear, el bienestar animal, la comercialización de todos los aspectos de la cultura…

      ‘Ajoblanco’ estaba asombrosamente repleta de temas sobre los que hoy seguimos discutiendo

      Sí, la revista, y todo lo que la rodeaba, era un tanto cutre, y su lenguaje “enrollado” ha pasado de moda. Y, sí, muchos de los integrantes del movimiento luego triunfaron individualmente acercándose, como suele suceder, hacia el mainstreamy formas culturales algo más respetables. Ese fue el caso de escritores como Quim Monzó y editores como Jaume Vallcorba, de Acantilado; el propio Mariscal, que pasaría del cómic alternativo a dibujar a Cobi para Barcelona 92; los grupos de teatro Els Joglars y Dagoll Dagom, o algunos de sus músicos más brillantes. Pero los libertarios presagiaron nuestras preocupaciones políticas y morales con mucho más acierto que movimientos que resultaron más llamativos, en gran medida, porque sucedían en Madrid y, más allá del talento de muchos de sus miembros, porque gozaban de un gran apoyo mediático.

      Como habrán advertido, los libertarios catalanes me caen muy bien. Dejaron, además, obras brillantes (no se pierdan tres discos de la época: Dioptria, de Pau Riba, Nit de Sant Joan, de Sisa y Carabruta, de Gato Pérez, los primeros libros de Monzó o el documental Ocaña, un retrato intermitente, de Ventura Pons), pero me temo que, cuando desaparezca la generación de sus protagonistas, también lo hará de nuestra memoria buena parte de su legado. Por eso vale la pena la exposición en CentroCentro —aunque no es ajena a las motivaciones políticas del PP madrileño, siempre dispuesto a celebrar la cultura catalana cuando es ajena al nacionalismo—, y por eso sería estupendo que los jóvenes vieran el potencial de ese legado que hoy, tristemente, parece encerrado en la memoria de sus protagonistas. Quizá no acabaron de entender que la mezcla de contracultura moderna y viejo anarquismo no podía funcionar, pero su intento fue memorable y merece ser recordado.

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