domingo, junio 28 2026

GÉNESIS by Mayela Paramio

Ilustración de Vuilchez

 

Ilustración de Vuilchez

 

Ilustración de Vilchez

 

En el principio, se enmudeció la luz y una negra sombra se acomodó en el lecho conyugal. No, no fue así. En el principio, surgió la palabra y con ella, el mito. Los dioses y los héroes tomaron forma y fue entonces cuando Amor vendó mis ojos y, sin luz, mi tacto adiestrado buscó la dulzura azul de la pareja a quien atribuí dones que nunca poseería y colmé de caricias que apenas mereció.

La luz y las tinieblas confundieron día y noche entre besos furtivos pero el haz del abismo fue tiñendo de negrura el lienzo de las sábanas. El subconsciente siempre alerta tembló, percibió la amenaza y como un resplandor en plena noche cruzó mi mente la negra sombra de Rosalía de Castro. De inmediato, acallé al desarraigo como la novia oculta sus miedos en la liga que esconde entre las blancas enaguas de su boda.

Pero todo lo oculto lucha por aflorar y entre sueños de azucena reptaba la ponzoñosa sierpe del presagio o de lo que se intuye. Como una amenaza trepaba por dentro como se extienden las raíces de las palmeras buscando agua en el suelo baldío; desterrada al mundo subterráneo de los sueños e intuiciones, trataba de alcanzar la consciencia pero su látigo no conseguía emerger ni reanimar la pasividad que me anclaba a la tradición de lo que corresponde. Y mientras me creía fuerte y capaz de superar obstáculos, la realidad garduña me arañaba.Ya no había vendas para mis heridas y la luna licántropa velaba el azahar marchito que quemaba en mis dedos cual sediciosa adelfa.

Y entonces, ascendió a la garganta en forma de suspiro y los oídos escucharon como por vez primera: Yérguete, Eva.Levanté la cabeza contemplando cómo deshojar el tiempo resentido. Y mis manos temblaron al encontrar cobijo en el árbol del bien y del mal. Y mis labios temblaron al aceptar el fruto de la sabiduría y, como al esclavo sediento se le humedece el alma al recibir el agua, mis ojos se inundaron al morder la manzana.

Fue en el primer mordisco cuando mi cuerpo se retorció en convulsiones secas. Sentí alzarse mis brazos fundidos entre ramas y hojarasca y mi cabello enmarañarse en ellas, mi pecho, tronco y mis pies, raíces. Mis manos se elevaban y mecían despacio siendo un todo sin binarios opuestos sino un fluir pausado entre las nubes. Entonces, cuando la paz inundaba mi cuerpo, sentí un espasmo desde mis entrañas que en contorsiones avanzaba hasta regurgitar la ponzoña encubierta. De mi vientre arranqué la palabra marido, junto a la inútil culpa como quien se extirpa el veneno tras el mordisco virulento de un áspid. Y vomité aún una palabra más en la escupidera de mi matrimonio: malquerida.

Y en ese instante, se separaron las aguas de mi lengua bífida. Y cuestioné principios enraizados en la médula del occidente ínclito: que la luz no era buena, pues cegaba; que la penumbra suave aclara los contornos y perfila una realidad amplia, sin opuestos, y que la condena en sombra elegida por error puede tener salida.

Mayela Paramio Vidal

Baldosas amarillas danzan en el desván del alma, Endymion, 2022


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