De tanto ir cabeza abajo se me durmieron los pies. Ya se sabe, el corazón bombea fuerte, pero llenar los capilares sanguíneos que riegan las extremidades inferiores, que por el arte del sinsentido y de mi empeño por ser diferente se habían convertido en superiores, tan minúsculos ellos en volumen, por donde no entraría ni la aguja más fina de cuantas pueda construir el ser humano y mira que éste es capaz de hacer cosas pequeñas, micrométricas, que al final la sangre, que tiene tendencia a evitar los angostos pasadizos y prefiere los amplios túneles de arterias y venas cavas como buen fluido que es, fue desapareciendo de ellos provocando esa sensación desagradable de pinchazo cuando golpeaba un pie contra el otro. (Sino, ¿cómo piensan ustedes que me enteré de que se habían dormido? Si están dormidos no hay forma de saberlo, a no ser que tratemos de llamar su atención, y no a voces, que sistema auditivo no tienen, hay que obligarlos a hacer aquello para lo que están diseñados, como por ejemplo: golpear un objeto). Cierto es que un principio me preocupé, pero la autenticidad y unicidad en la que me estaba volcando podía bien llevarse unas cuantas células de mis diez dedos inferiores, al fin y al cabo como diría aquel general de traje de Armani: los daños colaterales son parte inequívoca del éxito.
Llevaba mucho tiempo andando cabeza abajo, tanto que decidí probar otras superficies diferentes a la del asfalto, cemento o baldosa que había descubierto en la ciudad donde vivía. Mis manos ya tenían un callo sobresaliente por ambos lados de las palmas y las aventuras de largo recorrido me llamaban a descubrir nuevas sensaciones. Así que cogí un autobús y bajé en el primer apeadero cercano a ninguna parte visible en su entorno.
Las sensación rugosa de la tierra, las miles de partículas incisivas y piedras pequeñas que se clavaban en mis ahora extremidades inferiores y el olor a la humedad atrapada por la hierba que asaltaba mi nariz, despejaron mi cabeza abotargada de tanta presión sanguínea y me hicieron sentirme capaz de todo. Aquello no era un parque domesticado y adocenado por las autoridades competentes, sino la naturaleza salvaje.
Decidí caminar siguiendo el camino que llevaba hasta un bosque. Fue tras unos metros andados cuando sentí que algo tiraba con fuerza de mí y me hacía caer al suelo. Levanté la cabeza para descubrir qué o quién me había derribado. Era un lobo, que atraído por el olor putrefacto de mis pies había decidido calmar su hambre con tan nauseabundo majar. Intenté gritar, pero la lengua se me había pegado al paladar, que estaba seco por la falta de salivación, debida a la falta de agua, provocada por la dificultad que tiene beber cuando uno anda boca abajo. Mi estupidez me había metido en la boca del lobo, del único lobo que había por allí; no todo yo, claro está, sino mi pie derecho del que estaba dando festín el lupus ahí presente, con calma y parsimonia. Pero de pronto se oyó un tiro, el canino levantó las orejas y la cabeza buscando de dónde venía el estruendo. Un segundo disparo reventó en confeti de huesos y sangre mi pierna izquierda. El animal huyó, seguramente malhumorado e infeliz por no poder terminar el banquete ofrecido. Pronto llegó un paisano vestido de mono azul y gorra de piensos Coren en la cabeza; debía de ser algún lugareño que paseaba cargado con su escopeta de caza, siempre dispuesta por si había oportunidad de matar el aburrimiento del paseo diario disparando a alguna bestia desprevenida.
Ahora ando con pies de plomo. Los sanitarios que me atendieron entre grillos, saltamontes y babosas, decidieron que para salvar mi vida había que cortar algo más abajode la rodilla ambas piernas y zurcir unos muñones aptos para unas bonitas prótesis de aleaciones metalúrgicas de última generación. Pero mi unicidad me hizo decantarme por el último grito en articulaciones de principios de siglo veinte: dos hermosas piernas de plomo articuladas, que así las definían en la publicidad de su momento, con correajes de cuero.
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.