Finalista del XV Concurso de Relatos Escritos por Personas Mayores de RTVE y la Fundación la Caixa
Me gusta la hiedra que cubre la pared de la casa de mi abuela.
No me gusta la enredadera que penetra en mi cabeza muchas de las veces cuando papá está en casa.
La de mi abu es de hojas verdes y jugosas, trepa por la fachada y oculta las grietas que el tiempo y el frío producen en ella.
La de mi casa no.
La nuestra es de hojas de color verde oscuro, casi negras y produce grietas en la cara de mamá. Ella las oculta con maquillaje y lágrimas.
Mientras crece a gran velocidad ese maldito ramaje trepador que invade nuestro hogar, yo escucho palabras no bonitas y, a veces, también golpes cuando él la tropieza contra los muebles.
Su presencia es irritante y me produce una quemazón intensa en el cuerpo, que me obliga a rascarme hasta hacerme unos arañazos sangrantes.
Me pica mucho más, cuando no puedo ir a rescatar a mamá de esa invasión terrible de la hiedra venenosa que lo ocupa todo.
Estoy aterrado especialmente, cuando él de un portazo cierra la puerta de la habitación donde pasan cosas terribles.
Un día busqué en google cómo se mata a una hiedra venenosa y decía que a partir de los 1.500 metros de altitud la planta se muere. Ese dato es de gran ayuda.
Desde entonces, estoy preparando una excursión a la montaña.
Mamá y yo subiremos juntos cuando él esté despistado, y al llegar a 1.501 metros estaremos a salvo.
Imagino la hiedra extendiéndose por riscos y rocas justo hasta la barrera infranqueable.
A nosotros a esa altura ya no nos dañarán sus garras.
Las hojas se abrasarán ante nuestros ojos.
Primero serán negras, después muy negras. Luego se retorcerán sobre sí mismas y consumidas por su propio veneno morirán una a una, y esa muerte irá bajando por toda la trepadora hasta la raíz y desaparecerá para siempre.
Luego mamá y yo, libres de ella, libres de él, descenderemos de la cumbre de la montaña para regresar los dos a casa, seguros de que nadie producirá grietas en el dulce rostro de mamá, ni arañazos en el mío.
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