lunes, junio 29 2026

El Terrible el Silencio que ocultan las Metáforas. – Primera parte por Gocho Versolari

El bodegón cercano a la Estación de trenes de La Plata, parecía una enorme cucaracha prehistórica. En los años sesenta, todas las noches nos reuníamos a fumar, beber ginebra y escuchar los disparates más absurdos, expresados como sesudas tesis o composiciones poéticas y salvajes. Muchos de los presentes frecuentaban talleres literarios de orientación ultraísta. Carla y yo habíamos asistido a las conferencias que dictara durante seis meses Jorge Luis Borges en La Puñalada, un viejo café de San Telmo.

Esa noche del mes de agosto una tempestad cortó la luz del bodegón. Bajo el resplandor de velas y lámparas de aceite, Carla expuso por primera vez su teoría sobre el sustrato óntico de la metáfora. La escuchamos atentos, ya que era la más razonable del grupo; la única que nunca había volcado delirios atizados por el alcohol. Afirmó que “nuestra herencia nominalista nos llevaba a considerar las metáforas como simples flatus vocis”. Ella pensaba (intuía, presentía) que “una sentencia pronunciada en términos figurativos, tenía su correlato en otro mundo donde funcionaba como una realidad aplastante”Aún las imágenes más pueriles, como “las perlas de las lágrimas” o “la daga del adiós”, corresponderían a mundos donde el dolor destilado por las pupilas, se transformaba en piedras preciosas. Los jerarcas de ese orbe cuidarían celosamente los coros de lloronas, para que cubran día a día las calles de diamantes y zafiros. Del mismo modo, en ese o en otro universo, las estaciones de los trenes rebosarían de cuchillos y sus habitantes tendrían que tomar medidas para evitar que en el momento de dar un doloroso adiós, las armas se dispararan y mataran a alguien.

Escuchamos callados el pequeño discurso de Carla, que culminó con el axioma que más adelante se haría famoso: “En todo símbolo hay una realidad aplastante”. Con esta expresión ya pensaba en el silencio ominoso y lo precisó al agregar: “si llegamos al punto en que podamos expresar una metáfora sin palabras, el universo podría explotar”.

Me extrañó que hablara moviendo las manos sin cesar; luego explicaría que era necesario acompañar la voz con gestos rituales para que el mundo de los símbolos se abriera y pudiéramos entrar.

Poco tiempo después, en medio del estudio y la militancia política, Carla y yo iniciamos una relación apasionada que duró quince años. En ese tiempo probó varias veces la tesis del sustrato óntico, constatando su eficacia. Tomó apuntes y completó dos gruesos volúmenes que serían una minuciosa guía de viaje a aquellos universos, donde las metáforas se transformaban en una contundente realidad.

Al regreso de aquellos viajes virtuales, la esperaba con un vaso de leche tibia y miel, la bebida más indicada luego de varias horas en aquel medio asombroso y salvaje.

Algunas veces retornaba turbada, con expresión de miedo. “He observado el silencio de la metáfora” — afirmaba — “y puedo decirte que es más terrible de lo que pudimos soñar”.

En uno de mis cinco viajes a ese mundo imaginario, constaté esa afirmación. Al seguir la metáfora “Los silos de la aurora derramaron el trigo del sol”, en el mundo al que correspondía la imagen vi los plateados contenedores alineados contra el firmamento. De pronto, una fuerza terrible los tumbó derramando el contenido entre las nubes. En el momento en que el cereal empezaba a caer, pude observar y sentir el silencio. Como un brillo siniestro y hermoso, se mezclaba al trigo derramado. Por un segundo, todo mi cuerpo percibió el dolor, la desesperación, la muerte misma como haces de dañinas vibraciones. Supe que desde el lenguaje, esa fuerza destructiva podía llegar a la materia, a todos los rincones de nuestra vida y quizá destruir el mundo conocido.

Atemorizada por esa presencia silente, Carla estuvo a punto de dejar el proyecto, pero la insté a que lo siguiera. Quizá el silencio ominoso fuera una percepción nuestra; amigos y familiares que experimentaran la entrada al mundo metafórico, nunca hicieron mención de él. Finalmente, establecimos varias reglas simples para acceder sin peligro a esa dimensión de los símbolos: 1) Escribir un poema rebosante de imágenes 2) Imaginar cada una de ellas, y realizar los mudras que se describían en las instrucciones 3) La entrada al mundo metafórico debía abrirse en un costado de la habitación del poeta y bastaba atravesarla.

Un editor se interesó en el manuscrito, exigiéndole a mi novia suprimir los complicados silogismos que acompañaban las afirmaciones. De ese modo la publicación se redujo de dos tomos a un delgado volumen.

En tanto, sin que practicáramos los gestos ni hiciéramos ningún tipo de invocación, el mundo de las metáforas nos invadía con una frecuencia creciente. Bastaba la simple alusión a cualquiera de las imágenes implícitas en el lenguaje; si al mirarme al espejo, pensaba “Estoy pálido como un muerto”, de inmediato una imagen de mí mismo en un ataúd, con las manos cruzadas sobre el pecho, surgía en un rincón del cuarto. Cuando Carla afirmaba “¡Estoy alegre como una mariposa!”, un alado fantasma con su rostro y su cuerpo, volaba unos metros hasta escapar por la ventana o estrellarse contra la pared.

Las experiencias hubieran sido inofensivas, de no ser por el mutismo que las acompañaba. Cada vez que aparecía el muerto al que se le atribuía la palidez, la mariposa, o la versión del Rey Midas cuando Carla aseguraba que “todo lo que tocaba se convertía en oro”, el silencio emergía como un brillo desolador, hermoso y terrible. Apartábamos la vista, porque sabíamos que bastaría una mirada intensa, un gesto o un pensamiento para que se desataran consecuencias incalculables.

El último poema que escribí en aquella etapa, contenía varias metáforas encadenadas, y al terminar la última, el silencio afloró fugazmente, pero bastaron un par de partículas microscópicas y chispeantes cayendo sobre el escritorio, para que un puñado de papeles ardiera, produciendo un principio de incendio.

Con Carla asociábamos el mundo metafórico y su amenazante silencio al espíritu alocado, adolescente, y no a nuestras inclinaciones burguesas, a la aburrida mesura y al miedo que aumentaba con el paso de los años.

Nuestro lenguaje fue perdiendo símbolos y para comunicarnos, escogimos signos vacíos que garantizaran nuestra seguridad y la del género humano. Una tarde lluviosa de agosto, hicimos un pacto por el que debíamos renunciar a las metáforas mientras durara nuestra unión. Acepté y en un acuerdo donde faltó firmar con sangre, nos propusimos formalmente declinar el uso de símbolos en nuestro lenguaje.

En tanto, muchos jóvenes y adultos, siguiendo la guía descripta en el libro, se precipitaron al mundo metafórico, formando una nueva religión donde la imagen poética era el objeto de culto. Cantidad de vates noveles o experimentados, entraban diariamente a los ámbitos donde los duendes poblaban las tardes los pájaros volaban con alas de pétalos.

Al cambiar nuestros hábitos de lenguaje, un trasfondo de tristeza desganada desplazó rápidamente a la antigua pasión. Fue entonces que llego hasta mí lo que parecía ser un secreto a voces. Ebúrneo González, un profesor de más de noventa años, colega de Carla en la universidad, la festejaba, y habían salido algunas veces a la ópera y a cenar. Con dolor, un amigo íntimo me aseguró que tenían relaciones a mis espaldas. .

Un día Carla me convocó junto al arce que plantara en el patio para recordar a su abuela canadiense. Afirmó que estaba decidida a romper con nuestra relación y en el extenso diálogo que mantuvimos, buscamos cuidadosamente las palabras, Procurábamos evitar las metáforas, o las expresiones que las recordaran; evoqué con nostalgia los tiempos del bodegón de La Plata; entonces hubiéramos celebrado los “túneles que se abrían en el aire”; nos hubiéramos quitado los zapatos “para pisar el terciopelo de la grama” y perseguido las “iguanas fantásticas que arrojaba el sol del mediodía”.

El terrible silencio que ocultan las metáforas

15/01/2025

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SAFE CREATIVE

@Gocho Versolari poema.

@Imagenes IA
Escritor, poeta y ensayista.  Writer, poet and essayist. Écrivain, poète et essayiste

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