
Desde que estoy vibrando con Andrómeda he aprendido que vivo en un mundo de artistas, todo individuo construye su obra en cierta medida, algunos con maestría, otros sin técnica pero con corazón, hamparte, artesanías, puestas en escenas constantes, artistas plásticos y uno que otro poeta. Debe ser un efecto colateral de su cabello poli cromático. El hombre es un ser artístico antes de ser social y sin sociedad el arte permanece con el aura intacta, que visaje. Siguiendo esta lógica mi primera obra de peso se construyó producto del aburrimiento infantil cuando rondaba los ocho o nueve años. Por eso entonces vivía con mi madre en una casa asignada del fuerte militar de Tolemaida, mi padre vivía más en la selva que en su oficina y el ocio y atención que se puede permitir un hijo único, envolvía cada una de mis arbitrarias decisiones. El colegio me había brindado ese receso de mitad de año, más largo que el de navidad pero mucho menos provechoso, en especial porque por motivos logísticos debíamos abstenernos de viajar a donde mi abuela. La casa de los viejos en la siempre atemporal villa de las palmas, era un viaje cósmico para un pequeño supeditado a jugar a la pelota entre fusiles y nueve mil hombres de bélico espíritu. A los nueve años uno no rechista decisión alguna y si el atrevimiento se desborda a la subversión, chancletazo volador pa’ calmar los delirios de emancipación. Mi mamá siempre siguió mi nueva teoría del hombre como ser de arte, jamás estudió pintura, ni mucho menos dibujo, pero cuando cogía uno de esos lienzos que compraba en Girardot, lograba plasmar paisajes repletos de psicodelia, surrealismo y flores ornamentales. Mi madre fue mi primera maestra en eso de ser astronauta, se me enfriaba la sopa de menudencias cuando me perdía en el cuadro de gatos violetas que reposaba frente al comedor.
—Y no se para de la mesa hasta que me deje el plato brillante.
Ojala ella hubiese notado que era la magnitud de sus pinturas la que me impedían apreciar cualquier belleza en las mollejas y los hígados de pollo. A la larga, la vieja, empezó a notar que las influencias externas empezaban a transformarme en un pequeño sensible y atento a estímulos, con cara de gato y aroma a cigarrillo mentolado. Así que uno de esos días en los que lloraba junto a la estufa, preparando jarra tras jarra de café y pidiendo a sus amigas dos medias de Cool light por visita, declaró inmarcesible, que era necesario que dejara de perder el tiempo en vacaciones.
—El hijo de Sandra entrena futbol, el de Marcela nada tres veces por semana y el de Mirna toca el Violín ¿Vos cuando pensás hacer algo muchacho?
Y así terminé enrolado en clases de foami, si, foami, ese molesto material suave y demoniaco, que se debe cortar con delicadeza y tener cuidado de no quemar al calor. No es necesario aclarar que las tardes de los martes y los jueves se convirtieron en una tortura inquisidora. Aguantarme a la sebosa maestra diciéndome que tenía más motricidad fina un sismo, que estaba perdiendo la plata, que mi proyecto no podía ser un dragón de tres colas porque solo había moldes de osos maricones y micos con hepatitis. Yo no dejaba de morder los molestos octavos con tijeras de punta roma y la vieja que era esposa de un sargento segundo aprendió a odiarme con sutileza. Tanto que a pesar de que perdería dinero al sacarme de su atolondrado taller, le dijo a mi madre que mejor me pusiera a sembrar papas. Cual leona protegiendo a su cría, mi madre, le armó tremendo escándalo y con el tráfico de influencias tan común en el ámbito militar, hizo cerrar su taller, lo que significó otros quince niños desocupados y en vacaciones.
—En este hueco ya no hay clases de nada mas culicagado, pero en la casa aplastado no se me va a quedar, no sé qué se va a poner a hacer, vaya y no sé, clasifique hojas o coleccione insectos.
— ¿Coleccionar insectos? —le pregunté fascinado.
—Si papito, usted los caza o los encuentra, los diseca para que no se pudran y los mete en cajitas. Si este peladero tiene algo bueno es la variedad de bichos que se arrastran y no hablo de los que usan uniforme.
Esa noche me fui a dormir con la idea resonando por mi flexible cráneo de preadolescente. Insectos disecados, eso era como ser un gran científico o un mago. Como los cazadores de dragones de las historias que tanto disfrutaba leer en clase de inglés. Los tendría todos formados para el día que se desatara una guerra. A decir verdad, antes de eso ya había encontrado cierta empatía con los invertebrados, me fascinaban las luciérnagas y las libélulas. En especial porque libélula en ingles se dice dragonfly, que chimba un insecto con el nombre de mis bestias predilectas. El inglés es un idioma interesante, que tuve el placer de aprender a temprana edad gracias la disfuncional funcional de mi familia paterna.
Desperté a la mañana siguiente con un sabor agrio en la boca, ese que uno adquiere a media tarde después de un cigarrillo mal fumado. Mamá ya se encontraba dándole a su oficio, llorando junto a la estufa y quemando a fuego fatuo el café negro.
—Sin azúcar mijo, eso le quita la gracia al café, el café con azúcar es como rumbear en muletas.
Yo que no sabía de rumbas y que lo más parecido a las muletas que hasta entonces había usado eran las muletillas a la hora de responder en aritmética, decidí ignorarla y saltar de golpe al punto donde me explicaba cómo es que era el asunto con los insectos y las cajitas, como es que eso de diseccionarlos.
—Pues eso debe ser con químicos ¿no? Vaya y joda a su tía un rato y de paso le lleva un poquito de frijoles, yo no sé cómo no la ha dejado el marido con esa sazón tan paupérrima.
—Bendición ma’.
—Dios me lo bendiga mijo, no se quede hasta muy tarde.
Partí hacia la casa de mi tía, que vivía en ese entonces a tres casas de la mía, se había casado con un subteniente, no sé si imitando los pasos de mi madre o los de mi abuela. Era una mujer feliz, su marido era un hombre lucido, idealista, con el remanente de su infancia intacto, coleccionista de comics ocasional y fiel creyente de la santa palabra del gran Allan Moore. Mi tía trabajaba como profesora en el colegio del fuerte militar, el Liceo Francisco José de Caldas, irónico ya que de astronomía más bien poco y se graduaban más imbéciles que sabios. Enseñaba biología de bachillerato y era una de las maestras más queridas por los estudiantes, inteligente, apasionada por la ciencia, siempre luchando por ir más allá de los grilletes impuestos por la directiva militar del Liceo, Orden, disciplina y patria ¿Qué clase de lineamientos son esos para un colegio?¡Están educando jóvenes no perros pastores! Pero mi tía sabía hacer bien su performance, cuando estaban los coordinadores presentes, se comportaba como toda una riata, una mujer dura y ceñida a la regla. Si alguien en toda la sórdida base podía ayudarme a forjar mi colección de insectos, era mi tía.
Al llegar a su casa, la menuda mujer se encontraba calificando exámenes recostada en el diván. Con las gafas a la mitad del tabique y su característica expresión roedora. Al verme, se lanzó a abrazarme y corrió hacia la cocina para prepararme un café, yo quise decirle que no, que gracias que yo estaba lo más de bien, pero no fui capaz de hacerle desaire alguno, que tal se enojara y me diera la espalda con lo de los insectos.
—Una colección de insectos tía, mi mamá quiere que haga algo productivo en vacaciones y yo para los deportes soy muy flojo.
—Vean a esta, ahora quiere que te volvás entomólogo.
— ¿entropólogo? —pregunté confundido.
—Entomólogo, atembado, aquellos hombres excéntricos que estudian los insectos. En la universidad vi una materia que se llamaba invertebrados, la dictaba un entomólogo lo mas de simpático, decía que le gustaban las mujeres con alma de mantis, este es el día que no entiendo lo que quiso decir. En fin si lo que queres es una colección de insectos te puedo dar unos pasos a seguir, simples y efectivos.
—Presteme una hoja tía que no traje con que anotar, ah, mi mamá le mando unos frijolitos para Martín.
Mi tía no solo me proporcionó una hoja, después de algunos minutos de rebuscar en el closet del pasillo me dotó con una libreta de cuero negro y paginas sepia, con un lapicero en forma de hueso con el logo de alguna clínica de implementos ortopédicos y el café desabrido del que tanto se jacta.
— ¿Esta rico el café mijo? —Asentí conteniendo las arcadas—, bueno entonces anoté muy bien lo que le voy a decir, que a mí no me gusta andar repitiendo las cosas. Hay tres etapas para la construcción de un insectario, cuatro si se tiene en cuenta la presentación. La primera es atraparlos, esto puede llegar a ser complejo dependiendo del insecto, por eso es bueno no trazarse metas de caza hasta no conocer a las especies oriundas del terreno, aquí hay de todo mijo, así que por eso no se me preocupe. Eso sí, cuidadito con andar cogiendo cosas peligrosas, que su mamá me va colgando de las tetas que no tengo.
—Si tía, tranquila, además fue mi mamá la de la idea.
—No ponga el vaso sobre el vidrio, para eso están los portavasos, después se me mancha y Martín se enoja.
Martín no se iba a enojar, Martín era un bacán, aun así le hice caso a mi tía, porque ya iba soltando lo de la disección. Después del respectivo: perdón tía, prosiguió con su explicación.
—La segunda etapa es la de conservación y fijación, esta es muy importante, porque es la que evita que el insecto se descomponga, eso de “polvo eres y en polvo te convertirás” es muy fácil de trasgredir con la receta adecuada, no ve los egipcios, creo que usted todavía no ha visto eso en el colegio, pero lea mijo que eso es lo único que a uno no le quitan. Mire, usted coje al insecto y lo introduce en algo llamado frasco mortifero, que no es más que un frasco completamente sellado, para que la criatura no pueda respirar.
— ¿Tengo que matarlos? —pregunté angustiado.
—Si. Pero no lo vaya a disfrutar mucho, es más si quiere cuando los mate eleve una plegaria para que se sienta la culpa de haberle arrebatado la vida a un ser indefenso, eso es como para que después no desarrolle una psicopatía, primero son insectos, después son gatos y Dios me libre de ser responsable de eso.
—Tranquila tía.
—Es que yo estoy tranquila, oigan a este, más bien ponga atención a lo siguiente. Del frasco mortuorio pasa el insecto a otro frasco, llénelo de alcohol del que usa para limpiarse cuando se cae de la bicicleta. Ahí tiene que mantenerlos por una semana, el alcohol los deshidrata y los desengrasa, así no se pudren. Mucho ojo con tocarse los ojos con el alcohol.
— ¿Y después del frasco con alcohol?
—No se me adelanté tanto, espere que le voy a hacer un sándwich, yo lo veo como flaco, eso es por no salir a recibir sol. Alcánceme la coca de los frijoles para ponerla en la nevera.
Mientras seguía a mi tía a la cocina, la ventana repiqueteo en repetidas ocasiones, sin señal alguna del origen del sonido. Mi tía abrió los ojos como corazón de puta en navidad y se lanzó hacia la parte de inferior de la alacena, sacando un frasco de mayonesa vacío y gritándome que lo sostuviera, que lo que golpeaba la ventana era ni más ni menos que un coleóptero, de la subespecie Oryctes nasicornis, lo había visto esta mañana mientras regaba las plantas pero no pensó que seguiría en el antejardín.
—Corra mijo, ese no es un escarabajo muy raro pero si muy bonito, es robusto y sería un gran espécimen para iniciar el insectario.
Tomé el frasco de mayonesa y corrí al exterior de la ventana que da al antejardín. Ahí estaba, golpeando con su gran cuerno el cristal. Mi tía observaba la captura expectante, como si se tratase de una peligrosa bestia y yo un valeroso cazador. El insecto notó mi presencia y amenazante se irguió en dos patas para frenar mi acercamiento, cauteloso mermé el ritmo del acecho y traté de rodearlo para después atacar por su espalda. Justo cuando me encontraba a puertas del movimiento final, la criatura extendió dos alas de debajo de la coraza negra y emprendió vuelo.
— ¡Se te está escapando, corré que esos no vuelan muy alto!
Seguí al escarabajo un par de cuadras por la acera y justo antes de llegar a la última casa, dobló con brusquedad hacia la selva. Sin miedo alguno me interné en la maraña, con cuidado de no perder a la presa de vista, en una batalla psicológica por quien cometería el primer error. El escarabajo ante su desventaja intelectual, se postró sobre la raíz de un árbol joven y en un movimiento que casi rompe el frasco de mayonesa lo privé de toda libertad. Mis rodillas sangraban levemente, debido al roce con los diversos arbustos empinados y los mosquitos había ulcerado cada centímetro de mis pequeños brazos, aun así, salí de la selva triunfante y con mi presa bajo el brazo.
—Sos una mula muchacho, cuantas veces se te ha dicho que a la selva no se entra.
—Pero tía, usted me dijo que lo persiguiera—repliqué casi sollozando.
—Yo sé muy bien lo que dije, pero hasta uno de viejo se equivoca, me dejé llevar por la emoción del insecto, ese es mucho ejemplar tan lindo.
—Dio buena pelea.
—Estoy seguro que sí, pero ya es hora de que vaya pa’ la casa, ya casi anochece y usted sabe que su mamá le gusta que se empíllame temprano, espéreme aquí, le voy a dar una bobadita.
Esperé en el umbral de la puerta, observando a unos pequeños coleópteros jugar en la rendija del aire acondicionado. Coleóptero, palabra peculiar para un menudo hijo de la guerra. Mi tía salió con una sonrisa de tres cafés y extendió a mí una pequeña mochila de cuero, con diversos bolsillos y ranuras para portar implementos de disección. Dentro del maletín se apreciaba el lomo de un libro empastado en cuero y a su lado, dos frascos vacíos de café instantáneo.
—El maletín y el libro eran de un ex novio, un loco que estudio conmigo en la Nacional, coleccionaba mariposas y otros invertebrados. Se retiró de biología para estudiar dizque finanzas, se convirtió en un idiota con delirios de magnate y terminamos en no muy buenos términos, él se quedó con varias de mis cosas y yo con las de él, entre esas este maletín, yo no lo he abierto para más que meter los dos tarros de café, para que capturés mas insectos. Bueno, ahora sí, volando pa’ la casa.
Con el maletín terciado y el escarabajo bajo la axila, regresé a casa triunfante. Mamá no se encontraba, pero había dejado una nota y varios sándwiches con Coca-Cola, manjar de reyes. La nota decía que se había ido a una tertulia etílica a la casa de la esposa del general Manrique, que si necesitaba algo la fuera a buscar, que podía acostarme a la hora que me viniera en gana. Deposité mis nuevos implementos sobre la cama y al escarabajo en la repisa de mis dragones. Todos mis dragones tenían nombre, Targón, Aroara, Crimsón, Bulkor, Thoronn rey de los dragones y mi favorito, Sether el dragón del metal, el gran justiciero feroz. El escarabajo necesitaba también un nombre, decidí pensarlo con sándwich en boca y después de dos vasos de gaseosa decidí llamarlo Khepri. Sabía que mi madre iba a tardarse en la reunión de señoras, así que decidí repetir por vigésima vez la película Eragon hasta quedarme dormido. Cuando papá estaba en casa las reglas eran distintas, debía presentarle antes de dormir y muy en fila el uniforme escolar con los zapatos lustrados y en vacaciones, nadie dormía hasta después de las ocho de la mañana. Buen tipo mi viejo, el acartonado hidalgo que me aleccionó en los temas de la dualidad. Devoré la película con la misma devoción de la primera vez, deseando con ahínco que algún día un evento fortuito me precipitase a vivir aventuras dignas de ser escritas, a conocer criaturas fantásticas y adquirir poderes excelsos. Pensé que la película bastaría para arrullarme, pero aun sentía la energía suficiente como para atrapar a otro coleóptero. Corrí hacia la cocina para servirme un vaso de leche, tal como lo hacía la abuela cuando me era reacio el sueño profundo. Con vaso en mano, caminé hacia el diván junto a la ventana que da a la calle. Mi casa, al igual que la de mi tía, contaba con un extenso antejardín con espacio suficiente para un par de árboles frutales y plantas ornamentales. Bajo el palo de mango, pequeños puntos luminosos dibujaban líneas desordenadas, embelleciendo la corteza dura del árbol, iluminando la extensa oscuridad del crepúsculo en temporada de lluvias. Terminé mi leche de un sorbo y corrí a la habitación por mi mochila, me calcé las botas de goma que usaba para ir al río y añadí al equipo la linterna de diadema que me regaló papá en su última visita. Las luciérnagas no son muy rápidas, su mecanismo de defensa es apagar su faro portátil, para así extraviar a los navíos de caza. Pero yo contaba con una luz artificial y así todas se apagaran al tiempo podía verlas con claridad, atrapé alrededor de diez ejemplares, algunas reposaron impávidas en el fondo del tarro de café, otras iluminaban el recipiente de vidrio, transformándolo en una novedosa lámpara bioluminiscente. Una vez en la habitación decidí encerrar a las luciérnagas en el mismo frasco de Khepri, sabía que morirían en el transcurso de la noche por falta de oxígeno, pero un hombre debe tomar decisiones difíciles en momentos precisos.
Esa noche llevé a cabo un gran performance de cazador, de hombre maduro, de aventurero, deje atrás todos mis miedos para iniciar con mi obra magna. Han pasado quince años desde que caputré a Khepri y a las luciérnagas y cada noche al caer el alba, alumbran con la misma intensidad del primer día, no mueren por falta de oxígeno, no mueren por el pasar del tiempo, ni mucho menos a causa de inanición. En cada uno de mis viajes no puede faltar el frasco de mayonesa con los insectos. Mientras me hospedaba en una pensión cerca a la candelaria en uno de mis múltiples viajes a la Atenas suramericana, una pelada con porte de pitonisa me dijo que el escarabajo en la mitología egipcia, siendo una de las mitologías de magias más funestas, representaba al sol naciente y la resurrección de todo ente. Fascinada y con las luciérnagas incinerando sus pupilas, proclamo a mi oído con la respiración entrecortada.
—Los cocuyos son el sol y el gran Khepri solo empuja a la luz hasta ponerla en la cúspide de la bóveda. Te doy ochenta lucas por el frasco, con eso te devuelves para Cali y te sobra.
—Si el escarabajo resucita a los luciérnagas ¿Puede hacer lo mismo con cualquier ser vivo?
—Lo que te diga es mentira, es la primera vez que veo algo como esto, yo de ti no destapaba el frasco, la magia egipcia es un visaje que no debe ser perpetuado por nadie del nuevo mundo. Pillá, te doy ciento veinte lucas ya mismo, con eso se pagas un hotel mejor que esta cloaca.
—Yo no soy de esos que le ponen precio al arte.
— ¿Arte? —cuestiono la pitonisa con burla.
—Que es la magia sino un arte cúspide en el que fluyen todos los otros—respondí airado—, música, pintura, danza, arquitectura, literatura y hasta escultura. Algo así como el cine, pero con menos presupuesto.
La mujer cruzó el umbral de la habitación y con la curiosidad incrustada en su rostro extrajo dos cigarrillos sin filtro y sin musitar palabra me invitó a continuar con mi explicación.
—En la magia se usan los canticos, música. En la magia se baila como ritual, danza. En la magia se usan los grimorios y los grimorios son grandes muestras de literatura. En la magia se debe esculpir y un edificio puede ser encantado dependiendo de su construcción, escultura y arquitectura.
Fumamos el resto del cigarrillo en silencio. Al finalizar, la mujer se puso en pie y sin musitar palabra abandonó la estancia. Esa noche sentí la necesidad de dormir más cerca al frasco de mayonesa, así que lo acomodé junto a mi almohada y me deje llevar por el cansancio, no antes sin cerrar la puerta con seguro y pensar unos minutos en la cola de Andrómeda.
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