domingo, junio 28 2026

EL LEGADO DE FINCH-HATTON by María José Neira Garnelo

 

EL LEGADO DE FINCH-HATTON

 

Hoy tenemos un día soleado con ráfagas de lluvia; veo cómo las gotas golpean con furia los cristales y percibo el olor a tierra mojada que se cuela por las rendijas de la pared. El calor dentro de la sala es menos soportable de lo habitual y gruesas gotas de sudor corren por la frente del guardián de esta mañana cada vez que pasa por aquí.

Ahora se percibe un ligero rumor de voces, probablemente un grupo de turistas que viene a derrochar sus últimos dólares. Caminan con prisa y sus voces devoran la calma reinante.

Los viajeros no han dejado de llegar al país, aunque con menor intensidad. Casi todos vienen buscando algo nuestro, una piedra preciosa, una máscara, objetos por los que pagan el triple de su valor a pesar del regateo. Llevan regalos a sus seres queridos para compensar a la vuelta el vacío que dejan con su ausencia. Se hacen miles de fotos para demostrar que estuvieron aquí realmente, fotos que muestran después orgullosos a sus amigos. Añaden a la lista un lugar más que dicen que conocen, pero en realidad poco saben de nosotros, somos para ellos meras reliquias del pasado, iconos de una civilización anclada en el tiempo que observan con la misma curiosidad con la que contemplan a una especie autóctona.

Yo he visto pasar ante mí hombres valientes que arriesgaron su vida por ideales, colonos que levantaron imperios, mujeres trabajadoras que no esperan nada a cambio de darles de comer o lavar su ropa.

La sala sigue desierta. No les interesa nuestro pasado. Oigo conversaciones en la habitación contigua, preguntas acerca de las telas, risas de mujeres que se prueban las prendas, encargados ofreciendo un precio que dicen especial para ellas, tintineo de cuentas de collares que chocan entre sí cuando se miran al espejo. Regateo.

Ella sí que era elegante. Llegó aquí cargada con maletas de ropa y libros, plena de proyectos, vacía de amor. La hermana leona, como la apodaban los nativos, se hizo una más de nosotros. Respetaba nuestras costumbres y colaboró en el entendimiento de las tribus enfrentadas aunque algunos la hayan considerado racista y supremacista. África fue para ella la libertad, el descubrimiento de los espacios abiertos y el contacto afectivo con seres de diferentes razas. Pero, sobre todo, aquí conoció el amor, la pasión por el aventurero británico que la llevó a volar sobre la sabana.

Yo estuve presente en sus paseos, en las tardes en las que ellos se sentaban en las mecedoras del jardín y ella le leía una historia. Y después contemplaban juntos las colinas de Ngong mientras el sol iba descendiendo lentamente y se escondía tras ellas. Más tarde me encontró entre los restos del avión, perdido entre los objetos que le pertenecieron y me guardó junto con sus recuerdos.

Vi sus lágrimas muchas veces correr por las mejillas, cuando se sentaba en la mecedora y juntos contemplábamos la colinas lejanas a cuyos pies yacía enterrado para siempre su amor.

Un día se fue y me dejó olvidado. La maleza invadió el jardín y los objetos de la casa se cubrieron de polvo, el metal herrumbroso de las barandillas acabó rompiéndose y sus libros se volvieron de color amarillo. Noche tras noche la oscuridad se apoderó del bosque detrás de la casa y los viejos árboles retorcidos de la sabana se llenaron de flores blancas, compitiendo en belleza con las tímidas acacias. La esperé durante meses y años que se me antojaron interminables, pero ella no volvió nunca más a abrir las ventanas y dejar que la luz inundara las estancias de esta casa querida, y la repisa donde me colocó la mañana de su marcha se quedó para siempre hundida en la sombra.

Ahora permanezco aquí, después de pasar por varias manos, junto a mis compañeros, vestigios de una época dorada, testigos mudos del esplendor de la época de los aventureros.

Las voces se acercan y oigo pasos que bajan precipitadamente las escaleras. Parece que por fin alguien quiere saber de nosotros.

Arusha es un lugar muy frío. Echo de menos el calor de aquella granja cerca de Nairobi, el olor a café y el rugido lejano de los hipopótamos en el río Mara, cuando ella se sentaba a escribir al caer la tarde, antes de la cena.

Se abre la puerta y entran dos mujeres pálidas como la cera. Nos observan con detenimiento y abren de lleno los ojos en señal de asombro, no sé si ante tanta belleza o ante la visión de los precios que aparecen cuando levantan los objetos para comprobar si pueden tener la fortuna de adquirirlos. Se paran ante unas estatuas imponentes de unos guerreros africanos hechos de ébano y comentan algo sobre esos cuerpos sublimes, sobre quién pudiera concederles un ápice de vida por unos segundos para acariciarlos, pero no se atreven a ponerles un dedo encima, por miedo a que salte una alarma. Se paran, me miran y se detienen. Titubean. Howes. London. 1923, $590.

Se van, pero al rato vuelven con un encargado de la tienda, que me coge, me abre, gira mis piezas y les dice que todavía funciono y que seguramente pertenecí a un intrépido explorador inglés que me usaba para ver las colinas más de cerca o para avistar los animales en la sabana. Ellas me cogen y pasan el dedo por mi superficie, por el trenzado con el que está cosida la piel que me cubre y, resignadas, vuelven a dejarme en la estantería.

Al cabo de un rato regresan con el mismo dependiente y me llevan con ellos. Con mucho sigilo, el hombre coge un billete de una de las mujeres y lo esconde en una cesta de la tienda. Me envuelve en un papel de periódico y otro y otro; triste contenedor para contenido tan ilustre. Nubes de papel y plástico me caen encima y ya no veo nada, solo oigo a otros hombres hablar de mí, de mi valor incalculable, de lo mucho que luciría en una de sus vitrinas occidentales.

            Ahora ya no percibo nada más que pasos acelerados, carreras y, a continuación, un motor en marcha. Estoy quieto, pero el vehículo se pone en movimiento, acelera y voy dando tumbos en donde quiera que me hayan puesto. La oigo presumir ante los demás porque me ha conseguido por un buen precio. ¡Ilusa! Cree que ha hecho una buena compra, esta noche todavía se estarán riendo porque una blanca ha comprado un catalejo por más del doble de su valor.

Pero ellos no saben que Denys Finch-Hatton me tomaba entre sus manos para ver junto a Karen las cumbres de Ngong al caer la tarde, en una granja de Kenia.

 


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