Las adicciones: hay días que parecemos enganchados a una realidad delirante
He abierto hasta cien veces la contraventana y la he vuelto a cerrar otras cien veces. No hay mejor manera de cerciorarse de que lo que aparece delante de mi cara es real y no un sueño, o una pesadilla repugnante.
Me acosté cuando la sombra de la acacia se abanicaba con ese escaso viento estival que cruza la colina: dejo siempre entornada la ventana para que se filtre y me abofetee sin miramientos. Las espigas de hojas verdes y sus frutos blancos perfumados me acompañaban mientras los sentidos se me iban aletargando, vencidos por la potencia narcótica del aroma de acacia. Soy adicto, debo confesarlo, y me abandono a la seducción de su flujo sin reparar en las consecuencias que lo acompañan. Ese licor caliente va penetrando por cualquiera de mis venas y se lleva arrastrando el resto de mi conciencia, como un reo encadenado. El cuerpo, la carcasa desconectada, se queda en el
suelo esperando el retorno, si es que llega a haber un retorno.
El viaje es largo, doloroso, dulce, confuso; no es reposo, ni nada que pueda parecer un retiro sanador. Quienes se cruzaron en mi vida se empeñan en invadirme, tocarme, rasgarme la ropa, arrancarme los pelos; los golpeo y sigo hacia adelante a duras penas; me gritan, me insultan, escupo sus rostros desalmados. Saco el revólver y los disparo. Cientos de niños me rodean, me piden comida, me llaman por nombres que no son el mío, quieren que los saque de allí; unas bombas con alas y pequeñas
extremidades rotatorias los persiguen para descuartizarlos; no puedo verlo, no quiero verlo, vomito con arcadas dolorosas que me dejan el vientre llagado. Alguien calvo se ríe a carcajadas en algún lugar por allá arriba, en un tejado, o en una nube, no puedo verlo; se orina en la muchedumbre de niños y se encierra con prisa en su edificio dorado cubierto de banderitas blancas y rojas y azules.
El éxtasis del viaje es llegar al arco de la luz, desprenderme de los últimos restos de cuerpos mutilados y lanzarme con los brazos abiertos sobre el algodón rosado donde una bella rubia rueda una escena de amor con un guapo de bigotillo. La belleza funde las aristas y me empapa de una espuma espesa que simula un amplio orgasmo de cartón y celuloide. Me llaman unos tipos de alitas plateadas de escayola coloreada con horrendos grafitis. Voy detrás de su rastro, deseo con intensidad alcanzarlos: no es fácil hacerse hueco en su guarida exclusiva de las alturas. De un salto me cuelgo del pie de uno de ellos: esta vez va en serio, me quedo aquí. Pero caigo al vacío con el pie cercenado de
aquel ser huraño entre las manos. De nuevo me veo fracasado. Caigo al vacío; caigo y durante un tiempo púrpura los veo alejarse. Apenas oigo ya gritar mi nombre; los llantos de la nube plagada de niños se diluyen sin que nadie se haga cargo de lo que dicen.
Caigo al vacío, caigo, caigo al vacío, caigo.
Se acabó el viaje. La habitación está sumida en una total oscuridad. A tientas palpo las paredes; encuentro la ventana, como siempre, atrancada por la humedad y la falta de cuidados. No se abre: desbloqueo las contraventanas. El brillo de esa luz de quirófano es insultante. Golpeo con fuerza las láminas de madera desconchada; las vuelvo abrir y a cerrar y a abrir varias veces más. Las ramas de la acacia han perdido todas las hojas, tiritan como ratones acobardados y llueve con fuerza. Tal vez en realidad no he terminado el viaje. Es imposible: la acacia no puede perder sus hojas y quedarse
desnuda en tan breve espacio de tiempo. Cierro de un puñetazo las contraventanas, las abro de nuevo: las ramas son brazos huesudos que me aterran; las cierro con violencia.
Las abro de nuevo y veo con nitidez un gesto de otoño ceniciento inoportuno; me resigno a contemplarlas, vencido acepto la derrota. Unos espectros de sábana blanca y mascarilla se han reclinado sobre mi cuerpo desnudo, me abren un canal en el pecho; esa luz inquisitiva se cuela por cada pliegue de mis vísceras: indagan, buscan sus razones, se preguntan si hay algo más que saber que el rosario de adicciones que me han vencido. Rebuscan entre las blandura de mis secretos,
hablan entre ellos, me llenan de algodones, prueban suerte con otra sajadura; no encuentran nada que les satisfaga. Se lo decía y no me creían: no hay más que un exceso de adiciones. Se han cansado de rastrear en balde; no vale la pena coser los destrozos.
Apagan la maldita luz del techo y comienzan a desvestirse del disfraz tenebroso que les enfundaba. Se marchan: al fin solo, al fin descansando.
@Feliciano F. González
@Imagen Pinterest
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