Se puede vivir sin reconocimientos.
Sin aplausos, sin medallas, sin nadie que pronuncie tu nombre con brillo en los ojos.
Se puede avanzar sin que una voz ajena diga “adelante”, aunque el camino parezca más largo y el aire más denso.
Porque hay una fuerza que no se anuncia, un pulso callado que empuja desde dentro.
Es el gesto invisible de quien sigue, aunque no lo miren.
El arte de sembrar sin esperar cosecha, de encender una lámpara aunque nadie llegue a ver su luz.
No todo lo valioso hace ruido.
Hay victorias que se celebran en silencio,
logros que sólo conocen el corazón y la madrugada.
Vivir sin reconocimientos es aprender a escuchar el eco propio,
a ser testigo y juez de uno mismo,
a entender que el valor no siempre tiene público.
Y en ese anonimato, a veces,
la vida brilla más limpia, más verdadera,
como una llama pequeña que nadie aplaude,
pero que sigue ardiendo.
Albacete, 23 de octubre 2025.
María de los Ángeles Díaz-Marta ha sido librera y escribe (madiazmarta@gmail.com).
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